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jueves, 5 de septiembre de 2013

Carteles y mensajitos 030: Anti cartel en blanco



Algunas veces hay carteles anónimos en la calle que deparan sorpresas muy gratas. Paseando por la calle hace un tiempo me tope con este cartel que por ausencia de su cartel original se había quedado anónimo y en blanco. Pero alguien no pudo contenerse y en un lenguaje muy ácrata dividía la palabra antidroga en tres sílabas y dejaba un mensaje muy claro para todos los viandantes.



viernes, 27 de julio de 2012

Jesús, el tuerto



Tal día como hoy, entre tormentas de verano y olor a hierba recalentada por el sol fallecía mi tío Jesús en Anguiano. La muerte le llamó trabajando en el monte, al olor de la gasolina que desprendía su motosierra y acompañado de su rugido ensordecedor. Allí su corazón dijo basta, su cuerpo enjuto calló al suelo con tan sólo 56 años, en su boca su último cigarro todavía estaba caliente y su media sonrisa se desdibujó con prontitud.


Aquel verano de 1982, con tan sólo 14 años recibía el primer bofetón de la muerte de un familiar siendo consciente. Cuando llegó la noticia fue como si se parara el tiempo, miraba a mi padre buscando sus reacciones, intentando sentir lo que podría suponer la muerte de un hermano. Estaba tranquilo, o al menos lo aparentaba, aunque rápidamente buscó la soledad para preparar el viaje al pueblo mientras mi madre organizaba las maletas. Todo sucedía en silencio, con un paréntesis raro en el que el tiempo avanzaba muy lento. El viaje hacia Anguiano tenía un sabor muy distinto al de otras veces, mientras mi padre repasaba anécdotas y se lamentaba de la vida de su hermano, y de su pérdida tan temprana.

La llegada al pueblo fue extraña, el reencuentro con primos y tíos, con familiares conocidos y desconocidos, con vecinos y demás gente que al dolor se une en una mezcla de pésame institucional y cotilleo colectivo. Algunas primas nos recibieron con llanto en los ojos y abrazos efusivos. Después de secar lágrimas entre mejillas y caras curtidas, nos quedamos los de casa, en aquella casa que todavía olía a la presencia de mi tío Jesús. A la izquierda, nada más entrar en casa mi tío tenía un cuarto donde todo cabía, allí se amontonaban muebles que dejaban de usarse entre azadones y algún tomate que hacía pocos días había cogido del huerto. Redes y aperos de pesca por todos los lados, plomos y anzuelos, junto a algún chorizo y cecina picantes colgados de una cuerda que hacía equilibrios de un lado a otro del cuarto. En otra esquina una escopeta de caza con el cañón abierto sobresaliendo de una canana y cartuchos de perdigones de colores verdes y naranjas.


Un poco más adelante estaba la cocina, con una gran chimenea a la izquierda de paredes profusamente negras, fruto de largas hogueras en crudos inviernos. Junto a ella una cocinilla de gas, casi nueva, delataba lo poco que le gustaba la cocina a mi tío Jesús, al que llamaban el tuerto, por su ojo izquierdo, perdido al saltarle una esquirla de una piedra mientras trabajaba en el campo. Enfrente de la cocina un fregadero de granito, grande como si fuera una bañera. La mesa se había retirado y las sillas dispuesto alrededor de la cocina para dar asiento a familiares y visitantes. Casi sin darnos tiempo a más, mi tía Maura, animó a su hermano, y por ende a nosotros, a ver al tío que estaba arriba. Subí aquellas escaleras de granito negro y estrechas, muy estrechas, sin saber muy bien que me iba a encontrar.

Casi enfrente de las escaleras estaba el cuarto de mi tío, la puerta vuelta tapaba casi su cama que se encontraba a la derecha y pegada a la pared. Seguíamos a mi padre, mi hermano y yo, en silencio, acompañándole muy bien sin saber en qué. Cuando volví aquella puerta y ya en medio de la habitación, mi mente de niño adolescente ya no pudo olvidar lo que vio aquel día. Sobre mi tío varias mujeres y mi tía lo amortajaban entre sábanas y lienzos blancos, moviendo el cuerpo de mi tío con una naturalidad que se me hacía insoportable. La cara de mi tío era la misma, pero sin vida, sobre mi recuerdo de su cara sonriendo y medio cerrando los ojos, haciendo compañía el bueno al malo, ahora se me dibujaba otro recuerdo mucho más desagradable.

Salí en cuanto pude de aquel cuarto, sin asimilar muy bien lo que había visto, pero siendo consciente de lo que me había impactado. Después llegaron el funeral y todas esas cosas que vienen cuando alguien se muere de repente, sin avisar y sin poder digerirlo más que con el tiempo. Se marchó mi tío, al que recuerdo con su paquete de ideales en el bolsillo y en la boca un pitillo que aguantaba en la boca con increíble equilibrio, siempre asiduo del bar Avenida, de sus máquinas y de las partidas de tute, que en los pueblos siempre son de auténticos profesionales, una copa para acompañar y mucho tiempo para gastar en la soledad de una vida rota a la que siempre sabía poner una sonrisa y nada de llanto.


Muchas veces cuando paseo por las calles de Anguiano o entro en sus bares, me parece verlo todavía, como cuando veníamos en el verano al pueblo y con diez años, nunca estaba en casa, siempre estaba o trabajando o en el bar con sus compañeros de sobremesa. Desde aquel 27 de julio de 1982, jamás he podido ver a nadie que haya conocido en el tanatorio muerto, siempre he querido conservar en mi recuerdo, los gestos de vida, las imágenes compartidas que mi mente haya querido guardar, ya que por desgracia, tengo que hacer un gran esfuerzo para cuando me acuerdo de mi tío, no volver a aquel cuarto en el que entre varias mujeres lo amortajaban para decirle adiós. A mi me hubiera gustado quedarme con su sonrisa traviesa.

miércoles, 5 de enero de 2011

Los fumadores expulsados del templo



Hemos empezado el año y los fumadores han sido expulsados de sus templos de ocio, el tabaco en primer lugar está asociado a su dependencia y en segundo lugar a la fiesta y los amigos, los bares por tanto, eran su último recinto de culto, un recinto justo y necesario para ellos, ya que tomarse un café por la mañana sin asociarlo a un cigarrillo es un proceso que no está programado en sus hábitos, de la misma forma que no lo está salir una noche de marcha y no poder fumar en su garito de costumbre.


Cuando era pequeño se fumaba alrededor mío sin ningún problema, jamás mis padres, que no son fumadores, entendieron que eso era un problema para mi hermano ni para mi, y por ende a ellos mismos. Cuando visitábamos a algún familiar se fumaba, cuando íbamos al pueblo se fumaba, cuando entrábamos en Casa Rodri o en el bar Paco a tomar unos berberechos con mosto se fumaba en todo el bar, cuando estudié en Salesianos quiero recordar que los profesores no fumaban en clase y que sólo lo hacían en el patio, pero en el quiosco que había justo al lado de la entrada principal de recepción nos vendían a los niños de 10 a 14 años los cigarrillos sueltos junto con un flash de cola o una bolsa de pipas. En la primera comunión mis primos de Leache me ofrecieron como regalo gracioso mi primer cigarro Ducados (y último), y era toda una gracia (yo no soy el de la foto). Cuando ibas al médico el médico te recetaba mientras consumía hasta el final la colilla de su cigarro.


En el Instituto era mucho más fácil, te dejaban fumar en los propios pasillos de clase entre profesor y profesor, a nadie le parecía preocupar que no tuvieras todavía ni 18 años, por supuesto, los bares o los futbolines eran auténticos fumaderos de nicotina. Cuando fui a la Universidad todavía fue peor, se podía fumar en la propia aula, en el recinto del saber y del conocimiento, se permitía que tus dos compañeros de al lado te llenasen de humo mientras escuchabas la lección magistral del profesor que interrumpía cada 30 segundos para dar una nueva calada a su cigarrillo. Cuando salías de marcha los bares se encontraban en una neblina permanente y volvías a casa con un olor en la ropa de haber fumado durante 30 días seguidos. Cuando hice la mili se podía fumar en cualquier sitio y a cualquier hora. Cuando ibas a cualquier institución pública parecían auténticos fumaderos de opio, se podía fumar en los supermercados, en las librerías, en las bibliotecas y hasta en los hospitales, se podía fumar en cualquier sitio. Cuando entré a trabajar se podía fumar independientemente del tamaño del despacho, pero se solicitaba una campana extractora para evitar lo nocivo del spray de montaje. Era lo más normal del mundo que alguien te parara por la calle y te pidiera un cigarro, nueve de cada diez encuestados te darían uno.


Ahora trabajo en un sitio donde no se permite fumar en el lugar de trabajo desde hace varios años, cuando voy al médico no me recibe con un cigarro en la boca, ni al hacer papeleos al Ayuntamiento me tengo que comer el humo del de delante de la cola, ahora, al hacer la compra nadie fuma junto al mostrador de pescados, ahora nadie fuma en los hospitales, y hasta en las casas se prohibe fumar a las visitas y desde el otro día las tortillas de patata de los mostradores de los bares, parecen haber recuperado su olor y sabor natural. Ahora a nadie se le ocurre pararte por la calle y pedirte un cigarro, sería mirado como un apestado.


Yo no soy fumador y entiendo que la nueva ley que impide fumar en cualquier recinto público y principalmente en bares y restaurante me defiende a mi, por ello estoy contento y creo que se tenía que haber hecho mucho antes, ahora bien, detrás del hecho hay una gran hipocresía. El Estado y las organizaciones de salud reconocen que el tabaco es malo (ahora, en toda mi infancia y adolescencia parecía ser un valor a seguir), para ello se cuidaron de poner en las cajetillas, en un principio, que el tabaco es perjudicial para la salud, para acabar diciendo que el tabaco mata, y todo por que el propio Estado es el que tiene unos establecimientos regulados donde vende ese producto que mata y del que recauda aproximadamente dos tercios de su valor. Pero el Estado también reconoce, y más ahora, que los no fumadores o fumadores pasivos, también sufrimos los efectos del tabaco, y que yo sepa no me he encontrado nunca un cartelito en ningún bar que me dijera que entrar en ese bar era perjudicial para mi salud o que ese bar mata, ¿los fumadores pasivos no nos tendríamos que revelar contra el Estado por haber permito que nos sometieran a ese problema a sabiendas, no avisándolos y además ser los propios vendedores del problema?


Nuevamente a nuestra generación le toca reinventarse, de los valores que nos enseñaron que estaban bien, ahora resulta que están fatal, desde luego es lo mejor que pueden hacer por nuestros hijos (para el que los tenga) pero hay que reconocer que es injusto haber estado alimentando el hábito de los fumadores y ahora decirles que todo eso estaba mal, es como decirles que media vida se han pasado haciendo daño a los demás, sin saberlo o sabiéndolo, pero haciendo daño. Hay que reconocer que el primero que se hace daño con el tabaco es el propio fumador y su dependencia le obliga a ser cruel con los que tiene al lado, que en su momento de placer poco le importan. El tabaco es una droga y la política que se sigue para erradicarla no es ir contra los pequeños consumidores, que se consideran víctimas, es ir contra los grandes narcotraficantes y los camellos que son los que se lucran con su venta, pero en el tabaco se hace todo lo contrario, aunque es una droga también, se va contra el consumidor, en lugar de ir contra los grandes narcotraficantes, que en este caso, curiosamente, son el propio Estado. Si quieren decir que la ley es para defender a los que somos fumadores pasivos, ok, pero por favor, no me quieran teñir la ley como antitabaco, que esa ley tendría que ir dirigida para los mismo que han propuesto esta ley, nuestros dirigentes.


Por supuesto que estoy de acuerdo con la ley, pero también tomaría otras medidas para los que ponen en circulación esa droga que es el tabaco. También es verdad, que como no fumador no me parecían malas medidas los locales que tenían zona de fumadores y de no fumadores, y entiendo que los bares o restaurantes tendrían que ser así o no permitir fumar, por ayudar al más débil, que es el fumador pasivo, que no tiene ni parte, ni culpa. Por desgracia vivimos en una sociedad en la que nos han hecho más individuos que nunca y estas cosas, sólo las pueden derrocar los colectivos, pero unirnos para protestar es algo harto difícil de conseguir en estos tiempos en los que estamos más cercanos con alguien de Alabama que nuestro vecino de enfrente de casa. Los Estados se han visto obligados también en cierta manera a acercarse a la sociedad y los grandes narcotraficantes que son las tabacaleras empiezan la ruleta de nuevo en el tercer mundo ¿que harán cuando hallan viciado ya a todo el mundo?


viernes, 25 de junio de 2010

¿Lo conseguiremos? II





Continúa la cruzada para ayudar a Lili a dejar el tabaco, ya que ella dice que algún día dejara de fumar, y aquí estamos nosotros para ayudar.

ACCIÓN 002
Esperar a que después de haberse comido un bocata que ha traído Raúl del Azoque, tras pagar una deuda por una apuesta perdida, se haga un cigarrillo y salga a fumárselo. En ese momento salir corriendo a su despacho, coger el aparato de liar y rodearlo con celo hasta jartarte. Una vez realizado el embalaje volver a dejar el tabaco en su sitio y el liador en su bolso para que no lo vea pronto.

Resultado: se ha enterado media hora después y la reacción ha sido la misma del otro día, pero hoy tenía claro quien era el culpable: David, o Rául, o Juan Carlos, o Ana, o… Sigue así.

jueves, 10 de junio de 2010

¿Lo conseguiremos?


Hoy ha comenzado nuestra cruzada para ayudar a Lili a dejar el tabaco, es una misión muy complicada, pero como ella dice que algún día lo va a dejar, he decidido, junto con alguna ayuda que otra, ayudarle un poquito.

ACCIÓN 001
Sacar el tabaco de liar de su sitio y sustituirlo por té o similar, se recomienda que esté caducado o en proceso de putrefacción para hacer más fuerte el efecto. Una vez realizado el trasvase eliminar las pruebas y callar como perros.

Resultado: se ha dado cuenta a las dos horas, al salir y ponerse a preparar su cigarro se ha percatado a la primera -lo que hace el tacto y la adicción- pero como llevaba prisa se ha marchado empleando un vocabulario indigno de una madre y por las prisas no ha podido recuperar el tabaco -al salir el portero ha comentado que ha creido ver al demonio de Tasmania-, es decir, hasta mañana sin fumar, misión superada.
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