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viernes, 27 de diciembre de 2013

A propósito del 2013



Ya quedan pocas horas de este año que nos tocó vivir, del 2013. Un año plagado de luces y sombras. Un año en el que he disfrutado como pocos de la vida en mayúsculas y un año en el que también he probado los sinsabores de la tristeza. Un año de contrastes, de risas y lágrimas, de verdades y mentiras, de firmeza y de dudas. Un año que acabado en 13 sólo podía traer buena y mala suerte a partes iguales.


Un año en el que nació Naia, mi asturianina. Un año en el que estudié y me formé como nunca para intentar dar un salto en mi camino profesional. Un año en el que pude cumplir el sueño de mi juventud de tener una moto. Un año en el que la gente me demostró que la solidaridad se lleva en la sangre. Un año abierto a la amistad de a pocos y en el que me reencontré con mi mejor pasado. Un año de sol, de pocos fines de semana de descanso y de poco sueño. Un año que no me gustaría olvidar.


Un año en el que también dejó huracanes y pobreza. Un año en el que las mentiras y la corrupción de los políticos taparon la verdad de la gente, negando el futuro lógico de un mundo mejor. Un año en el que se apagaron estrellas que sentía cercanas. Un año en el que los caminos no tenían una sola dirección. Un año que se acaba con tristezas y alegrías. Un año para no olvidar por lo bueno y por lo malo. Un año que acabando en 13 no podía ser de otra forma.

lunes, 14 de octubre de 2013

Fiestas de Gracias en Anguiano II: Piñarrada 2013



Una vez más los Piñarras se volvieron a reunir por Gracias, lo que comenzó como una petición graciosa al calor de una noche de verano en fiestas de julio, hace ya unos años, entre bar y bar, y cerveza y cerveza en una petición a José Félix como el más veterano de los Piñarras, todos nos volvimos a juntar con una sonrisa en la boca y con ganas de contarnos cosas y vernos las caras sin las prisas del día a día. Una buena excusa para juntarnos y recordar que todo lo bueno hay que cuidarlo.


No pudieron estar todos, pero es difícil juntar a un clan que precisamente pequeño no es. Nos juntamos en la Cabaña, nos prepararon un ambiente muy agradable y tranquilo, todo un salón para nosotros con una mesa que recordaba a la de una boda (que se lo digan a Pedro y Maite que parecían los novios) en forma de "U", pero luego ya nos encargamos todos de movernos de un lado a otro para vernos todos.


Además de las generaciones directas cada año, por suerte, se suman los más jóvenes y van haciendo piña o piñarra con los más veteranos. Así fue un placer contar este año con Raúl, Ana, Andrea y Elena, que se encargaron de tomar una de las esquinas de la mesa, reírse mucho y charrar de sus cosas.


Por el otro lado de la mesa José Félix, Magdalena, Tito, Maite, Richar, Raquel, Lucía y Lidia, entre otros. Todo un grupo donde las botellas de vino no faltaban y Richar no hacia otra cosa que mirar por la ventana aguantando la maldita lluvia que presagiaba una bajada de la cuesta complicada, aunque reconoció que haciendo pronósticos es mucho mejor Rapphel que él.


Por la otra esquina Lidia, Marino, Dani, Estela, Chini y Esteban cerrando la esquina. Les tocó aguantar un poco la ventana y el fresco que entraba por ella tras la lluvia que estaba cayendo. Esteban aguantaba como podía después de tener una inflamación considerable en la boca por las malditas muelas.


Justo en el centro de la mesa presidencial Maite y Pedro Ignacio, que aunque aquí parezcan algo separados pudieron disfrutar de una segunda celebración matrimonial, al grito de ¡viva los novios!, aunque los padrinos de las esquinas tampoco se pudieron librar.


En la otra esquina Chuchi, Justo Luis y Begoña todo un clan que junto con Pedro Ignacio hacían un cuarteto de miedo. De la comida como podéis ver tan sólo dejaron los restos, de una comida, que por cierto, estuvo muy bien y servida toda en su momento.


Justo enfrente mío y al lado de justo, para ser justos, Fernando custodiaba a David o al revés, junto a ellos la madre, Raquel y Ana con June y Naia. June duró poco, ya que como se aburría, me la llevé para dejarla con sus abuelos. Con Raquel tuvimos la suerte de poder charlar y comentar cosas que la distancia no nos permite.


Aquí podéis ver como los padrinos se besaron con mucho cariño y fervor, para desgracia de la muela de Esteban y calorcito de la nuca de Justo Luis. No os perdáis al pequeño David como se pica de envidia y le regala un besazo a Raquel.


Pasamos un gran rato juntos, entre platos que iban y venían, botellas de vino que se vaciaban y cotilleos, muchos cotilleos. No faltó la anécdota de ultramar y cómo las redes sociales a día de hoy no perdonan ni las mentiras ni los secretos, la pena es que al final se haga protagonista de una historia a gente que no tiene nada que ver con nada y no saben ni lo que es el "feisbus".


Otra de las grandes protagonistas de la comida fue Naia, la última incorporación de los Piñarras. Naia aguantó un buen rato dormida, pero cuando se despertó y tomó el menú particular de su madre, todos se peleaban por tenerla entre sus brazos, y ella con lo buena que es, no se quejaba para nada.


Raúl nos demostró que es capaz de tener un bebé entre sus brazos, aunque cuando le dijeron que se había cagado se encargó con rapidez de endosarle el paquete a otro, pero por suerte era una falsa alarma, esperemos que Naia no te lo tenga muy en cuenta en el futuro.


Elena también se dejó convencer por el instinto maternal y se hizo con Naia, para sorpresa y risas de sus compañeros de mesa. Por suerte, hechuras no le faltan.


Lucía, una anguianeja de pro, se hizo con Naia con su naturalidad y su sonrisa. Las dos parecían estar pasándoselo de maravilla.


Su tía Maite no se quiso quedar atrás y aunque parezca que su tío Esteban no hacía mucho caso, no es verdad, también le dedicó sus buenos mimos a su sobrina.


Y así pasamos un rato maravilloso, que como siempre se nos hizo más corto que largo, con un montón de Piñarras disfrutando de una herencia de la que pueden estar muy orgullosos, y en la que los nietos y los hijos de los nietos encuentran la excusa perfecta para pasar un buen rato juntos.


Ánimo que ya queda menos para el año que viene. Por suerte en esta última foto pudimos pillar a la pequeña Raquel, que encantadora con los niños, viajaba de un lado para otro y casi consigue no salir en ninguna foto, lo mismo que me pasó a mi, pero ese día los protagonistas son ellos, los Piñarras.

28/09/2013

Fiestas de Gracias en Anguiano I: danzando bajo la lluvia
Fiestas de Gracias en Anguiano III: una cuesta de vértigo

viernes, 2 de agosto de 2013

En un segundo, la muerte



Era el día de Santiago, un día de aniversarios que se convirtió en un día de carreteras, de mañanas de partida y de tardes de encontrar destino. Fue un día de calor, de los que levantan el asfalto mientras la gente conduce a sus destinos, unos en los trabajos del día a día, y otros en los placeres que les aguantan sus bolsillos. Desde Zaragoza hasta Anguiano viajé con la soledad que dan cuatro asientos vacíos y la compañía de mis canciones. Cada kilómetro pasaba al compás de versos y guitarras que acaban con estribillos que eran imposibles de no ser chafados por mi maltrecha voz de cantante. En el cuentakilómetros, mesura, principalmente la que da el ser padre, aunque también el miedo a salir en alguna foto donde uno nunca quiere ser protagonista.


Llegaba a Anguiano cuando el sol se encontraba en lo más alto, aunque su calor se hacía sentir bien cerca, el pueblo se notaba resacoso, tras el último día de fiestas. El sol golpeaba sobre las paredes de las casas, todas las ventanas permanecían calladas, mudas, como ignorando el día que había llegado. Fuera el silencio era raro, desconocido en un día normal. Por las cunetas restos de batallas con sabor alcohol. Me abría paso por las calles de un pueblo entre su silencio mientras la música me seguía acompañando para ir a recoger a mis chicas que se habían quedado descansando, o intentándolo, unos días en el pueblo. Después de reponer un poco fuerzas y con el corazón subido por los gritos de alegría y de emoción de mi hija recibiéndome a los gritos de —"Papiii, papiiii, papi,…""—, y con el sabor del café con hielo todavía en la boca, cargamos el coche rumbo a nuestra Asturias.


El sol seguía pegando, si cabe, con más fuerza, lo que obligaba a gestionar la carga del maletero con celeridad. Todos montados, bien atados y ahora sin música, lanzábamos besos por la ventanilla mientras decíamos adiós a los abuelos que se quedaban. Salíamos de Anguiano bastante antes de dar las tres de la tarde, y lo dejábamos como lo había encontrado en silencio y con un sol que te hace apartar la vista allá donde mires. Empezábamos un camino con las curvas de siempre y acunando a mis niñas al son de las vueltas y el ruido del coche. Pasamos Nájera rumbo hacia Cenicero para coger la autopista a Bilbao. Las dos niñas ya dormían sobre sus sillas de viaje. Fuera parecía existír un infierno, pero dentro del coche el aire acondicionado todo lo perdonaba.


Al tomar la curva que marca el desvío en Cenicero, a media distancia ví a un agente de la Guardia Civil en moto, e instintivamente levante el pie del acelerador, aunque iba bien, pero el gesto es inevitablemente automático. Le seguí con la mirada por ver que ruta llevaba, y era nuestro camino, pero lo perdí cuando adelantó a un coche, y mientras miraba esto, en la misma milésima de segundo, se paró el tiempo, una llamarada inmensa como la de las películas brotó desde donde estaba mirando, la acompañaron dos explosiones de fuego que como crecían se desvanecían. Todos que estábamos allí nos quedamos congelados durante unos segundos, apretando las manos a los volantes y pisando el freno, —"¡La moto, la moto!"— grité con una posesa voz de desesperación. Ana a mi lado se asustó y casi comenzó a temblar, y mientras justo atinaba a coger el móvil para llamar al 112, yo apartaba el coche al final de una gasolinera que estaba 200 metros antes del accidente.


Dejé a Ana gritando con desesperación a los de emergencias pidiendo ayuda y bajé del coche corriendo hacia el accidente, al igual que todos los que estábamos allí, que un principio apenas éramos cuatro coches y algún camión. Al llegar a la escena me encontré con una furgoneta blanca de una fábrica de maderas o cerramientos, con todo el frontal derecho destrozado, la puerta abierta, el airbag desinflado, cristales, fuego y gotas de sangre que marcaban la tragedia. Un humo blanco incesante surgía del motor, el fuego se propagaba por las zarzas del lateral que por suerte un medio murete, que separaba las vías del tren de la carretera, protegía de un incendio mayor. Di la vuelta a la furgoneta buscando la moto, pero no la veía, no parecía ser el amasijo de hierros que se había fundido con la furgoneta, pero otras partes se encontraban hechas añicos por toda la carretera y la cuneta. No pude evitar gritar —"¿La moto? ¡Había una moto!"—, a lo que alguno de los que había llegado antes a la escena me respondieron que había saltado el muro. Sorteé como pude el quitamiedos y me subí sobre el muro.


Lo que vi me dejó helado, sobre las vías del tren el cuerpo del Guardia Civil de Tráfico yacía desvencijado, hecho un ovillo de miembros rotos. De su chaqueta de verdes fluorescentes y verdes oscuros todavía salía alguna llama. El silencio de los segundos era eterno, —"está muerto, está muerto"— decían algunos mientras movían la cabeza de un lado a otro con claro gesto de pesimismo. Algunos habían conseguido sortear el muro por otro lado y se acercaban al cuerpo del agente, uno de ellos le buscó el pulso en el cuello, y no lo encontró, el otro intentaba apagar el fuego de su cuerpo. Los primeros que habían llegado a la escena se preguntaban dónde estaba el otro agente motorizado que había pasado antes y no volvía al no ver la presencia de su compañero. Yo seguía helado, como sin sangre, había visto como en un segundo había llegado la muerte delante de mis ojos, había sido sólo un segundo, el suficiente para que le cambie la vida a una persona, a una familia. Los que habían llegado a su lado lo taparon y lo apartaron de las vías del tren, recogieron su pistola e intentaron tocar lo menos posible el cuerpo del agente muerto.


Cada vez comenzaba a llegar más gente y el barullo era mayor, algún idiota pitaba al fondo creyendo que era un atasco. Atiné a moverme, aunque lentamente, me bajé del muro y sorteé de nuevo el quitamiedos. La furgoneta seguía igual, cerca estaba el conductor que con ropa azul de trabajo y la cabeza y la mano ensangrentadas hablaba desesperadamente por el móvil. Cada vez se acercaba más gente, la curiosidad es osada y yo emprendí camino de vuelta para tranquilizar a mis chicas. En el camino de regreso, todavía seguía afectado, la gente llegaba, algunos con preguntas absurdas que pasaba de contestar, otros bajaban corriendo desde la gasolinera con extintores para sofocar el fuego. En la carretera la gente se asombraba de la escena, a los que les llegaba la noticia de la muerte del agente se sobrecogían y sus ojos se volvían acuosos, una mujer sudamericana aporreaba su desesperación al que estaba al otro lado del móvil, hablándole de un gravísimo accidente y de muchos muertos. Llegué al coche como un zombie, pero aparentando tranquilidad, consolé a June que con sus dos años no entendía bien el alboroto, pero notaba el nerviosismo de su madre.


Después de unos segundos y ya más tranquilo pero todavía sobrecogido, decidí volver a la escena, cada vez había más gente, muchos de ellos pegados a un móvil y narrando a sus familiares lo que estaban viviendo. De lejos ya veía que había llegado el compañero motorizado del agente muerto, vagaba sin rumbo intentando entender lo sucedido, aventuraba a poner algo de orden cuando ya llegó la primera ambulancia. Me crucé con un montón de gente que en sus miradas lo decían todo, no todos los días se asiste a vivir los segundos y minutos posteriores a una muerte. Un enfermero se dio cuenta de la situación del Guardia Civil que había perdido a su compañero y le invitó a controlar el tráfico de la carretera para así controlar su nerviosismo.


En segundos comenzaron a llegar nuevos agentes de la Guardia Civil que se quedaban impactados con lo que veían, también llegaron los bomberos y todos se movían con agilidad por el escenario lúgubre. El conductor de la furgoneta yacía ahora sobre la inclinación de la cuneta, doliéndose de sus heridas y juzgado por las miradas de todos que no sabían si era inocente o culpable. Nos pidieron los enfermeros taparlo, darle sombra, para evitar el sol directo del que ya nos habíamos olvidado todos. Herido grave fue trasladado con rapidez al hospital de San Pedro en Logroño. Los bomberos apagaron los últimos fuegos y los enfermeros se empezaron a hacer cargo de la situación.


Era el momento de irse, de darle la espalda a la muerte y de llevar con uno mismo la horrible visión de un accidente en directo. Al llegar a la altura de nuestro coche otros conductores ya se daban la vuelta y nosotros hicimos lo mismo. Un chico que subía y bajaba nos pidió si teníamos agua para el conductor herido y le dimos una de las botellas de la niña. Volvimos a Nájera para tomar desde más arriba el desvío a la autopista a Bilbao. A Ana se le escapan todavía algunas lágrimas y las imágenes revoloteaban en nuestras cabezas, será difícil olvidar lo que vimos. June enseguida se volvió a quedar dormida. Continuamos nuestro viaje como siempre, pero la carretera en cada curva me recordaba que en un segundo, siempre está la muerte esperando.


Al día siguiente busqué en internet algo sobre el accidente, siempre te queda la duda de qué había pasado, aunque ya de nada servía saberlo. Las noticias hablaban de José Javier Rubio Ezquerro, un agente de la Guardia Civil de 44 años, natural y vecino de Logroño, casado y con un hijo de doce años, levanté la vista y pensé en ellos, pensé en esa llamada que les contaba el resultado de ese segundo fatídico en el kilómetro 429 de la carretera N-232 a las 15,10 horas, pensé en su tristeza, pensé en su desconsuelo ante algo inesperado.


Pensé en sus caras, en su perplejidad, en sus nuevas vidas y no pude evitar sentirme triste, muy triste. Tal vez, ellos se pregunten cómo fue, cómo pasó, y yo que lo vi, se que fue en un segundo, en un mal gesto, en un error sin marcha atrás. Un segundo maldito que marca el futuro de muchos segundos sin la presencia de un padre y un marido. En un segundo, siempre está la muerte esperando.

lunes, 3 de junio de 2013

Mami, mamá, madre, la abuela



Ayer mi mami, mi mamá, mi madre, la abuela cumplía 72 años. Con tanta vida detrás y las muchas ganas que tiene de mirar hacia adelante. Mirándola mientras nos preparaba la comida familiar de domingo en la mesa de siempre, repleta de platos y comida, y cada vez con más gente que le llenan la sonrisa, veía a la madre que no me ha fallado desde el día en que nací y hasta unos meses antes de conocerme. Ella repartió su corazón entre todos y todavía le quedan trozos para el nieto y las nietas que llegan a iluminar su vida. Pero esa abuela, antes, mucho antes fue mi mami, mi mamá y mi madre.


Mi mami apenas se había acostumbrado a los llantos de un niño pequeño como era muy hermano, cuando a los 18 meses llegué yo, agobiándolo todo, haciéndola dormir mucho menos y robándole días y noches para cuidarnos. Ella era la mami que nos abrazaba y dormía entre sus brazos cantándonos melodías que acunaban nuestros oídos. Le quitamos años de su juventud, pero ella nos los regaló sin pedirnos nada, tan sólo disfrutando cuando nos miraba dormidos en la cuna.


Mi mamá llegó un poco más tarde, le tocó ser nuestra domadora. Dos niños traviesos y pillos que saltaban dando volteretas por el sofá, el mismo sofá que era víctima de unos pinchos que contenía uno de esos recuerdos que se traen de la playa y que acababan clavados sobre los reposabrazos. La poníamos a prueba en todo momento y muchas veces le hacíamos perder los nervios, pero mamá siempre estuvo ahí, ayudándonos, obligándonos a aprender el padrenuestro y el credo a cachetazos para no cambiar el orden de las palabras. Cuidaba de la casa mientras nosotros jugábamos a baloncesto en los pasillos o utilizábamos la estufa como medio de transporte.


Mi madre apareció años después, tras vernos crecer y hacernos personas, aguantar nuestros disgustos y disfrutar de las alegrías. Nos dejó ser, pero siempre veló por nosotros, y al final de todo no faltaba una palabra de cariño en una madre que nunca ha sido muy besucona. La muerte de su madre y los dolores de su rodilla cambiaron un poco su gesto, su humor, su dolor al tener que decirnos adiós cuando marchamos de casa para emprender nuestras propias vidas. La dejamos en casa, con mi padre, recordando nuestras correrías y travesuras, viviendo como madre nuestros problemas y disfrutando de las cosas que nos iban bien. Era la madre que siempre llama para saber que has llegado bien.


Y el tiempo la hizo abuela, multiplicó su sonrisa y rejuveneció. Sus dolores desaparecieron, o al menos no los quería recordar. Se dejó llevar por sus sentimientos, se volvió niña para entender a sus nietos. Sus ojos se hicieron más grandes y sus arrugas no delataban su ánimo. Ahora, mi mami, mi mamá, mi madre es la abuela. Miro a mis niñas y jamás les podré contar todo lo que quiero a la que me dio la vida y me ayudó a ser quien soy. Felicidades madre. Te quiero.

viernes, 3 de mayo de 2013

Un sueño llamado Naia



Después de casi una semana retomo mis diálogos con el mundo, mis conversaciones mudas llenas de respuestas que durante unos días he tenido que aparcar. Y el motivo se llamaba Naia, mi niña, mi sueño. Llegó después de nueve meses en silencio, después de cruzar los dedos para que todo fuera bien, luchando contra algún susto y con una madre agotada en los últimos meses.


El sábado 27 de abril a las 11:45, en una cesárea programada, madre e hija decidían vivir vidas exentas, pero muy juntas la una de la otra. Batas azules y segundos eternos después, Naia lloraba por vivir, con su cuerpito morado y sus ojos queriéndolo ver todo desde el primer segundo. Su peso, 2'985 kgs., su cuerpo un universo de emociones que empiezaron el otro día y durarán toda una vida. Una vida rodeado de mis tres chicas. Bienvenida Naia, gracias por cumplir mis sueños.
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