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lunes, 3 de diciembre de 2012

El pan de la Mercedes y las bolsas de leche



Sin apenas quererlo, deseando seguir arropado por las sábanas y la manta, acomodado sobre la almohada ya domada, se oía de repente un despertador horrendo desde la habitación de mis padres. Rápidamente se paraba y comenzaba a oírse en una radio las noticias de Radio Nacional de España. Era inevitable, un nuevo lunes de colegio comenzaba. Pronto se oían los pasos que se encaminaban hacia nuestro cuarto y la puerta se abría sin contemplaciones y unas voces, de momento calmadas, nos invitaban a levantarnos, tanto mi hermano como yo, aguantábamos inmóviles, como si no fuera verdad lo que estaba sucediendo, para ver si había suerte y no volvía nuestra madre.


A los segundos despertábamos de nuestra realidad, ahora ya, con unas voces más chillonas. Mientras la radio seguía dando sus noticias y después de un lavado de cara lo más superficial posible para evitar el contacto con un agua heladora, nos vestíamos con la ropa que nuestra madre había dejado la noche anterior preparada y doblada. Muda nueva, calcetines nuevos y la odiosa ropa de siempre.


Al rato aparecíamos en la cocina con todavía alguna legaña y rascándonos los ojos al compás de los bostezos intermitentes que no paraban. Mi madre sin mostrar clemencia ninguna, me ordenaba antes de que mi cuerpo se sentara sobre el taburete:
–¡David! ¡Abrígate, y vete a por el pan y la leche!–
–¡Otra vez yo, mamaaaaaá!– decía entre una queja que intentaba ser un medio llanto y que conseguía alargar una "a" infinita.
–¡No me hagas que te lo repita otra vez!– me insinuaba mientras no dejaba de abrir armarios.
–¡Pero es queeeeeee!– decía frunciendo el ceño he intentando alargar una "e" infinita que rápidamente era cortada.
–¡Ni es que, ni es "ka"!– apremiaba mi madre con rotundidad, mientras yo antes de que acabara la frase ya me había puesto la trenca con aquellos botones que parecían dientes de jabalí, había cogido el dinero del monedero y ya bajaba las escaleras rumbo a la calle.


Cruzaba Pilar Lorengar casi sin mirar, raro es que a esas horas cruzara un coche. Mientras jugaba con el vaho que salía de mi boca enfilaba la calle de al lado, Concepción Arenal, donde a pocos pasos estaba la Panadería de la Mercedes. Era ella una señora bajita y rechoncha, siempre con su delantal blanco, su moño negro, morros pintados, pestañas empeinadas y esos andares lentos y cansinos de la artrosis. Se camuflaba sobre un mostrador blanco con una balanza de las de flecha, detrás de ella una estantería, también blanca, que tapaba la visión de lo que sucedía en el interior de la panadería y de la que salían unos ruidos que despertaban mi curiosidad de niño. Nada más llegar, pedía la vez, como me había enseñado mi madre y esperaba mi turno.


La Mercedes hablaba con alguna señora sin prisa sobre sus dolencias, yo mientras, perdía el tiempo mirando para un lado y para otro, sobre una caja de plástico negra estaban las bolsas de leche, resbalándose unas sobre otras y me entretenía contando cuantas barras de pan había sobre la estantería. Por fin me tocaba, y decía sin dudar: –"Dos barras de pan y una bolsa de leche"– era como un verso que tenía memorizado, y que de tanto repetir, más de un día lo había dicho al revés, –"Dos bolsas de leche y una de pan"– o –"Dos bolsas de pan y una leche"–, para el consiguiente cachondeo de la señora Mercedes, que todavía entre risas colocaba las dos barras sobre un papel en forma de rombo, juntaba las puntas y las enrollaba como si fuera un helicóptero, dejando las barras de pan aprisionadas.


Así salía por la puerta, con las barras debajo del brazo y la bolsa de leche sujetándola con dos dedos. No había llegado a la puerta de casa y ya se me había resbalado la bolsa un par de veces de los dedos y votado sobre la fría acera, de una ciudad que cambiaba poco a poco, las casas viejas dejaban paso a otras nuevas y algún semáforo se dejaba ver.


Ya en casa, me quitaba la trenca, y mientras miraba con cabreo a mi hermano por la suerte que tenía siempre de librarse de ir a por el pan, entregaba a mi madre la compra y por fin me sentaba en el taburete a esperar el desayuno. En la radio seguían las noticias y mi madre cortaba con las tijeras el pico de la bolsa de leche que salía disparado. El butano rugía y el cazo de leche se calentaba por momentos.


En la mesa el Cola Cao esperaba y mientras mi madre nos preparaba los bocadillos de chorizo de Pamplona con el pan recién traído, que de lo crujiente que estaba se oía en toda la cocina al ser cortado por el cuchillo. Luego el papel Albal escondía su contenido como si fuera un tesoro, papel que acabaría hecho una bola y encestada en cualquier papelera del colegio. Y aunque un lunes de colegio comenzaba hace mucho tiempo, hoy me desperté con el olor del pan de la Mercedes y con el sabor del Cola Cao hecho grumos sobre la leche.


lunes, 5 de marzo de 2012

Aquellas mañanas de radio



Llegaba la mañana de un lunes, de un pesado lunes, en el cuarto de mis padres sonaba un despertador horroroso, de ruido estridente y campanillas infernales, duraba un suspiro eterno la tortura de su sonido, y un grito materno surcaba la casa –¡¡arriba, chicos!!, ya es la hora–. Sobre mi cama remoloneaba todo lo que podía, me parecía que me acababa de dormir hacía tan sólo unos minutos, mi hermano, sobre su cama hacía lo mismo. Un segundo grito materno nos avisaba del peligro de no hacer caso. Nuestros cuerpos se levantaban simétricos en una habitación de dos camas. Mientras tomábamos como almas errantes nuestra muda y ropa de lunes, la casa se inundaba de un sonido especial, era el sonido de la radio por las mañanas, el parte que nos decía que había pasado en el mundo.


La radio estaba en la cocina, y en aquel momento era lo último, podíamos hasta grabar nuestras voces con un micrófono que traía incorporado y con el que simulábamos hacer play-back de canciones. Venía repleta de teclas que pulsábamos por instinto sin saber muy bien para que servían, pero nos gustaba ese sonido que hacían al conectarse y al desconectarse. En un principio tuvo antena, pero en un accidente feneció, herida de un golpe involuntario y víctima al intentar ser reparada por unas manos torpes.


Sobre el dial se ubicaba el mundo, ciudades rarísimas y desconocidas parecían estar dentro de aquel aparato mágico, voces raras y llenas de ruido surgían al mover el dial de un lado para otro, nada se entendía pero todo parecía insondable. Casi siempre, por no decir siempre, el dial era de posición única, Radio Nacional de España y Luis del Olmo, esas eran las únicas variaciones que se admitían por órdenes paternas. Eran unas voces engoladas y brillantes que despertaban nuestros cuerpos, que ya vestidos, lavados y mal peinados, se apostaban en la mesa de la cocina, dispuestos a tomar el Cola-Cao inundado en galletas, mientras mi madre preparaba el almuerzo con el pan recién traído y el sonido cortante del papel de aluminio que los protegía.


El aparato de radio se había integrado perfectamente en la cocina, tomaba esa grasa flotante como suya y adosaba a sus mandos la que nuestros dedos le impregnaban al subir el volumen mientras comíamos. Toda ella era parte de la cocina, no había trapo que pudiera eliminar los restos del día a día. Mis padres dicen que cuando la compraron las teclas funcionaban todas, el caso es que yo nunca lo vi, por más que pulsaba algunas teclas no pasaba nada, o al menos eso creía yo, y en el intento más de una colleja aterrizó en mi cabeza. Pronto dejaron de funcionar muchas cosas y el botón de rec, igual daba que estuviera pulsado o que no, allí no se grababa nada.


Otra de las maravillas que llevaba incorporada aquel radio-casette era el fenomenal mando para manejar las cintas, con una pulsación lateral avanzaba hacia un lado o hacia otro, y un giro permitía la pausa o el sonido, un sonido chirriante de esa cinta comprada en un verano playero que siempre permanecía en su interior, soportando nuestras torturas matutinas de giros para un lado y giros para otro. Cuando la radio no estaba entretenida se le daba al play y de su interior surgían voces y música veraniega que endulzaba las mañanas de invierno zaragozanas, de vez en cuando un sonido raro, a rayado, surgía de las canciones, pero se salvaba enseguida. Todavía me parece oír a Los Diablos con su "rayo de sol", o a Peret con su "borriquito como tú" reivindicando la canción de aquellos veranos ya vetustos.


Muchas veces había que abrir el casette, por otra parte perfectamente camuflado en su diseño, y que si no fuera que por tanto abrirlo y cerrarlo se descoyuntaba, a uno siempre le costaba saber donde estaba, se abría y en el interior se descubría una cinta marrón que se había salido en su interior, se tiraba y tiraba de ella, cruzando los dedos para que no se rompiera, y con tacto y mucha suerte se conseguía sacar al exterior, allí con un boli Bic se procedía a intentar volver a meter dentro las canciones que en otra hora sonaban, al meterla con rapidez, algún que otro pliegue se hacía y tomaba mucha más prestancia al darle play, pasando en determinados momentos de la cara A de la cinta a la cara B de la misma sin darle la vuelta.


Aquella radio nos acompañó en toda la infancia, su única salida de casa fue para grabar en un pabellón la competición que organizaban entre colegios para el concurso de aquella enciclopedia que quedaba tan bien en el armario del salón, Maravillas del Saber. Después de aquello volvió a su posición de siempre, en la que ya había hecho marca la grasilla que la rodeaba, y no había mañana que no nos indicara con sus pitidos que ya era la hora de ir a clase con el bocadillo recién hecho y nuestros pelos mal peinados.

P.D. El aparato de radio es de mis suegros, pero doy fe que en mi casa teníamos el primo hermano de este Grundig.

jueves, 23 de febrero de 2012

23F, el Sr. Julián, la primavera del Corte Inglés y yo a la cama



Era un 23 de febrero de 1981, había sido un día de lo más normal, quitando que era lunes, claro, por la mañana a levantarse a duras penas, después del fin de semana pasado y el dolor de corazón de tener que volver al colegio, con un examen de Química de por medio, lo que me hacía llevar las valencias de los símbolos químicos desvariando por mi cabeza. Desayuno de Cola-Cao sin batir bien, que siempre me ha gustado ese polvillo que se queda al mezclarlo con la leche fría, el mini bocadillo en un papel de aluminio y pertrechados con las carteras y libros correspondientes camino a Salesianos, a mi clase de 7ºB.

Ya en clase, las primeras horas eran tediosas, costaba tomar el ritmo, y había que practicar la ocultación para evitar que me pidieran los deberes, luego el recreo, a jugar en el patio, en aquel campo de gravilla atroz para las pantalones en el que discurrían más de diez partidos de fútbol a la vez, después vuelta a clase, examen de ciencias con D. Máximo y las valencias que parecían números de lotería, sudor y frío mientras rebuscaba en mi mente respuestas y mucho miedo a equivocarme, después a casa a comer.


Allí nos esperaba nuestra madre que atusaba nuestros pelos sudados y mal peinados antes de ponernos a la mesa, arroz a la cubana de primero con tomate Orlando y un huevo frito encima, que en aquel entonces los odiaba, ya que no me hacían la clara muy hecha, cosa que descubrí posteriormente, y de segundo unas costillas de cerdo fritas con pimientos, todo muy suave y digestivo para volver a la tarde al colegio, sin apenas parar, vuelta a clase para las últimas clases del día, después de las mismas, vuelta a casa para hacer los deberes. Hasta aquí había transcurrido un lunes de lo más normal, sin cambios, sin nada extraño que no fuera el examen de los símbolos químicos, y la suerte de haber superado un odioso lunes.


Llegamos a casa y tras merendar un poco mi hermano se metió a su cuarto a estudiar y yo al mío, en teoría a lo mismo, pero lo primero era ponerse a dibujar disimuladamente entre los libros de lengua e historia por si entraba mi madre. De repente la calma se tornó en nerviosismo, sonó el teléfono y mi abuela, siempre pendiente de su radio y de Elena Francis, acababa de oír que un guardia civil estaba dando un golpe de estado en el Congreso de los Diputados. Los gritos y respuestas nerviosas de mi madre nos alteraron y mi hermano salió de su sitio de estudio y yo, de mi sitio de dibujo. Mi madre estaba nerviosa, encendió la vieja tele en blanco y negro, y todos nos quedamos absortos al ver los avances de los telediarios y de que algo muy raro estaba pasando.


Pronto se cortó la emisión y los especiales informativos dieron paso a minutos musicales, y en penumbra todos nos dirigimos a la cocina en busca del transistor viejo para escuchar la radio. Mi padre se encontraba trabajando fuera, creo que en el País Vasco, lo que todavía hacía preocupar más a mi madre, y se le hacía muy larga la espera hasta la llamada de las diez de la noche. Para nosotros era algo extraño lo que estaba ocurriendo, no parecía ni real, para mi madre se tornaba doloroso, se le venían encima muchos recuerdos, muchas historias contadas y muchos pesares que ya creía abolidos de su vida, y que en absoluto nos los deseaba a nosotros.


Tras escuchar la radio durante un buen rato, en la que ninguno decíamos nada, mi madre tomó una decisión, bajar a preguntarle al Sr. Julián que le parecía lo que estaba pasando. El Sr. Julián era un hombre mayor, de palillo en boca, cara grotesca y berrugas en la cara que competían con su gran nariz repleta de puntitos negros, el Sr. Julián era ex-guardia civil, y mi madre pensó que su opinión sería buena, o que tal vez estar cerca de él nos garantizaría seguridad. Bajamos todos por las escaleras alfombradas de casa y llamamos a la puerta del Sr. Julián, el sonido de los nudillos sobre la puerta sonó más fuerte que nunca.

Nosotros nos pertrechábamos a las faldas de mi madre buscando seguridad y cobijo, la puerta se abrió emitiendo sonidos quejumbrosos y tras la puerta estaba la Sra. Valeriana, la mujer del Sr. Julián, una mujer pequeñita, de pelo muy blanco y loco, de los que van por libre, de gafas de cristal bien gordo que le obligaban a acercarse mucho a las cosas para verlas bien, lo que nos permitía, cuando nos miraba a mi hermano y a mi para distinguirnos, percibir sus largos pelos negros que marcaban su bigote, también era bastante sorda, lo que obligó a mi madre a deletrear cada palabra del motivo que nos llevaba a toda la familia a irrumpir a esas horas de la noche en su casa.


Tras entendernos a duras penas, nos dejó pasar, de la puerta se entraba directamente al salón, si es que podría llamarse así a una estancia cuadrada, en la que una mesa grande y pegada a una de las paredes ocupaba casi la mitad del recinto, al frente el acceso a la cocina y por puerta una tela a modo de cortina, enfrente de la mesa ropa colgada y una radio muy vieja, que no podía tener más cosas ni encima, ni a los lados, junto a la pared sobre la que estaba pegada la mesa, dos sillas torneadas, que abrían paso a dos habitaciones, que por suerte tenían las puertas cerradas.

En la silla que quedaba más a la izquierda siempre estaba sentado el Sr. Julián, bueno, más que sentado, repanchingado sobre la dura madera, ya pulida de la silla, su palillo en la boca viajaba de lado a lado haciendo sus palabras bastante inteligibles, y más, teniendo en cuenta que su voz era ronca y profunda. Siempre vestía en camiseta de tirantes blanca, independientemente de que fuera invierno o verano, eso sí, tupida en invierno y de rejilla en verano, pero de tirantes, que de tanto uso daban de mucho de sí y se caían por su propio peso, llevaba pantalón de vestir bien grande, apretado con un cinto de mucho recorrido que se elevaba hasta donde comenzaba la curva de su tripa.


Pasamos todos al mini salón, llenándolo por completo, la Sr. Valeriana se sentó en la silla que quedaba a la derecha, descompensando toda la escena, entre ellos dos un cuadro muy antiguo con la última cena se inclinaba hacia adelante peligrosamente, permitiendo ver la suciedad de la pared. El Sr. Julián había estado oyendo la radio, y poco le inmutó nuestra presencia, mi madre tomó aire y le lanzó la pregunta de la forma más educada que pudo. El Sr. Julián se rió, y apunto estuvo de perder el palillo, aquella sonrisa socarrona no sé si me dio más miedo o más alivio, —"ése, ése es un don nadie"– aseguró, –"no te preocupes, Maribel, que esto no es nada, si hubiera ido en serio, se habría hecho de otra forma"–, sus comentarios duraron un poco más, pero siempre le daba vueltas a lo mismo.

Aquella tranquilidad con la que nos contestó nos alivió a todos, nos dio seguridad, aunque todos nos fuimos creyendo que ese hombre que era nuestro vecino parecía que sabía más de lo que aparentaba, les dimos las gracias y pedimos perdón por la interrupción, y mi madre le dijo a la Sr. Valeriana, que ya estaba empezando a dar cabezadas y quedarse dormida, que no se levantara que ya cerraba ella la puerta. Volvimos a subir las escaleras con otro ánimo, mientras en Valencia los tanques habían salido a la calle y el estómago se me encogió un poco al recordar las valencias de mi examen y lo mal que me había salido, pero eso era algo que todavía no debía contar a mi madre.


Mientras, los periódicos bullían por la noche sacando ediciones especiales y los del Corte Inglés se apresuraban a sacar un anuncio comunicando la llegada de la primavera, que no dejaba de tranquilizar bastante, entre las noticias de los golpistas. Aquella noche cenamos algo suave y, mientras en la tele el rey daba un discurso de esperanza, todos esperábamos en el salón la llamada de mi padre, una llamada que se hizo más eterna que nunca.

Por fin el teléfono sonó, mi madre lo primero que hizo fue echarle la bronca por no llamar antes, le preguntaba si no sabía lo que estaba pasando, y muchas cosas más, durante unos minutos no le dejó ni hablar, mientras las monedas caían en la cabina, luego la cosa se relajó y hablaron de sus cosas en voz un poco más baja, tras colgar, mi madre nos dijo, como echándoselo en cara a mi padre, que estaba muy tranquilo, que le decía que no se preocupara, que a él no le iba a pasar nada. Mi madre estaba realmente enfadada, y nosotros realmente, nos reíamos por dentro.


En la noche de los transistores, en la que toda España estaba pendiente de lo que estaba pasando en el hemiciclo de los diputados, nos acostamos mi hermano y yo en la habitación, esta noche sin dar mal y sin soltar almohadazos de un lado a otro, y mientras pensaba si el Sr. Julián se metería a la cama con el palillo en la boca, si la Sr. Valeriana se habría despertado de la silla, contento de saber que la primavera había llegado al Corte Inglés y que mi padre también estaba tranquilo, me fui quedando dormido con la esperanza de que tal vez mañana no hubiera clase y que el examen de las valencias no me hubiera salido tan mal y que en Valencia los tanques tampoco les amargaran la noche. Mientras en la habitación de al lado, mi madre escuchaba la radio desde su enorme radio despertador que tenía en la mesilla sin poder conciliar el sueño.

martes, 18 de enero de 2011

El Trío Zapatista: zumo de papaya con leche condensada y paracetamol



Hoy quiero poner música divertida y optimista en estos días de niebla y pesimismo económico en que vivimos y os presento al Trío Zapatista que para mi ha sido un descubrimiento reciente gracias al programa de radio de Cárdenas. Vamos a bailar y a reirnos un poco, que falta nos hace.


El Trío Zapatista son Ramón Araujo, Jorge Guerra y Rodrigo Melgar llevan trece años haciendo de la música y el humor su recorrido vital, canarios de pro y con un montón de canciones a sus espaldas han publicado discos como La leche condensada (2004), La curva de la felicidad (2005), Salao, salao (2006) o Paracetamol (2007).


Su música es divertida, vital y picaresca, letras simples y con doble sentido, con mucho humor y pimienta, jalonadas con los ritmos mexicanos revolucionarios como ya lo hicieran en el norte (aunque con otros contenidos) Kojón Prieto y Los Huajolotes. No os perdáis sus canciones y me comentáis que os parecen.


Principalmente recomiendo no perderse las tres primeras, Zumo de Papaya, la Leche condensada o el Paracetamol, disfrutarlos y que una sonrisa que os dure todo el día. ¡Viva México, cabrones!


sábado, 1 de enero de 2011

Nochevieja de 1964: !Viva los novios!



Corría una mañana fría en Zaragoza cuando mi madre madrugaba para ir a la peluquería que se encontraba muy cerca de casa, en la calle Simón Sáinz de Varanda, muy cerca de la calle Pradilla donde vivía con su madre y su hermano Jesús y su hermana Loli. Salía con la ilusión de su gran día, hoy se vestiría de blanco con aquel guapo y poco tímido chico que conoció en un autobús en Tafalla.


La calle Pradilla tenía el movimiento normal de un día previo a nochevieja, la gente acudía temprana al mercado de Cuellar para con lo poco que se podía tener entonces hacer una cena un poco más especial, al igual que habían hecho en los días previos de nochebuena y navidad. Para Maribel la calle, los edificios, la gente, tenían un color especial aquel día que difícilmente podrá olvidar en su vida.


Al rato salió de la peluquería y echó un vistazo a la iglesia que se encontraba prácticamente enfrente, una pequeña capilla, que frecuentaba con su madre los domingos al ir a misa cuando no iban a la iglesia de los capuchinos en Torrero, ahora se encontraba vacía, pero sabía que pronto estaría allí en uno de los momentos más importantes de su vida. Dirigió su delgado y ágil cuerpo a casa, era una casa especial, de alquiler pero grande, hacía una año y pocos meses que habían venido a Zaragoza desde Leache, precisamente por la relación de noviazgo con Marcelino, Angelita su madre para ganar algo de dinero alquilaba habitaciones a algún huésped para ganar algo de dinero, pero hoy todas las habitaciones estaban ocupadas con la poca gente que había podido venir para compartir con ellos su boda desde Leache (Navarra) y desde Anguiano (La Rioja). Allí, le esperaba su traje de novia, con cuello vuelto, de medio velo y sin nada de barroquismos, como se llevaba entonces, lo había elegido con cariño y había ahorrado durante un largo tiempo para poder disfrutarlo, lo había comprado en la calle San Gil (hoy Don Jaime I) en una tienda de novias. Mientras se vestía emocionada con la ayuda de su madre y de su hermana, oía la voz de su hermano en el pasillo mientras hablaba con algún familiar, se colocó la medalla de la Virgen del Carmen que le dejó su madre y marchó de nuevo hacia la capilla.


Desde allí fue a la capilla donde le esperaba su Marcelino, lo vio más guapo que nunca, tan bien peinado como siempre, y con ese traje de invierno perfectamente limpio para la ocasión, no falban el detalle del pañuelo asomando ligeramente por el bolsillo superior, ni el clavel en el ojal de la solapa. Estaba más feliz que nunca, empezaba una nueva vida, empezaba un nuevo sueño.


La ceremonia se hizo corta, apenas terminó, los abrazos y los besos les inundaron, no les acompañaba mucha gente, pero eso importaba bien poco, Valentín, el padre de Marcelino no había podido venir ya que estaba enfriado y su hermano Jesús lo reemplazaba como padrino, le llamaban el tuerto, ya que tenía un ojo mancillado por una astilla que le había saltado en las duras jornadas cortando y serrando leña en el monte. A la salida de la capilla un grupo se hizo una foto mientras habían salido ha echar un pitillo, a la izquierda Julián, otro hermano de Marcelino que trabajaba en Pikolín y era hombre de brazos largos; junto a él, Jesús, hermano de Maribel, de gran espalda y grandes manos; los dos que están al lado son amigos de Jesús y el último de la derecha es el cuñado de Angelita, Paco, marido de su hermana Rosario, hermana que era fruto del segundo matrimonio de su madre, la abuela María, eran de Adiós, en Navarra.


Por parte de Marcelino no había venido mucha gente, los mencionados Jesús y Julián, y Veroni, la hija mayor de su hermana Maura, para Jesús y Veroni era su primer viaje a Zaragoza. Por parte de mi madre había más gente y todos venían a Zaragoza por primera vez: por supuesto Angelita, su madre, Jesús y Loli, sus hermanos; a Paco ya lo hemos mencionado antes; la abuela María; la Visi, la Paulina y Félix, las dos primeras eran hermanas del difunto padre de Maribel y Félix era el marido de Paulina, los dos habían vuelto de su inmigración de Argentina hacía poco; la Pilar y Fabri, la primera es hermana de Angelita y el segundo es su marido; Sabina era amiga de Maribel en Leache y no faltó a la boda.


Después, mientras los invitados se encaminaban al restaurante e iban parando a tomar unos vinos para entrar en calor, Maribel y Marcelino fueron a realizar el reportaje de bodas, que era regalo del padrino Jesús, finalizadas las fotos en taxi se dirigieron a La Posada de las Almas, en la calle San Pablo, 22. Por desgracia este restaurante, la última posada histórica que tenía Zaragoza ha cerrado sus puertas en el verano del 2010, esperemos que con la esperanza de remodelarla y volverla a abrir.




La Posada de las Almas, abrió en 1705 y todavía conserva su garaje que antaño era el aparcamiento de los carruajes, los azulejos que la decoran y las vidrieras de sus salones características la hacían única. Benito Pérez Galdós la cita en sus Episodios Nacionales dedicados a los Sitios de Zaragoza.


Allí en uno de sus salones celebraron el convite, la mesa se llenó de comida y de alegría mientras los invitados que no se conocían se empezaban a conocer un poquito más, botellas de agua, vino (casi vacías) y gaseosa como mandaba entonces la época. Para acabar una tarta de juguete y golosa nata, que Maribel y Marcelino cortaron con un extraño cruce de manos, ante la atenta mirada del padrino.


De allí, un poco de juerga y a hacer gana para cenar en casa de la Angelita, allí se reunieron todos de nuevo, para celebrar la nochevieja del 64, para cenar las mujeres de la casa habían preparado un buen surtido de albóndigas que habían hecho el día de antes. Mientras preparaban la cena Jesús Goñi y sus amigos subieron a las habitaciones de arriba para hacer algo de lo que se enterarían al año siguiente. Mientras encendían la radio para oir las campanadas, todos prepararon sus uvas y celebraron con gran alegría la entrada en el 1965, mientras Maribel miraba a su marido y le daba un beso con el mejor de los deseos. La noche se hacía larga y nadie quería acabarla, bueno, Marcelino los despachó a todos en cuanto pudo y con un taxi se marchó a su nueva casa de alquiler, la casa que sería de su nueva familia, estaba en la calle Virtud (hoy calle Pilar Lorengar), era una casa pequeña, con dos pisos, uno en la planta baja ocupado por un Guardia Civil y el piso de arriba que es el que alquilaron. El día de antes lo había preparado con guirnaldas y espumillón para hacer una buena entrada de año, también les acompañaron el resto que también dormía en esa casa, Jesús García, su hermano Julián y Veroni.


Así pasaron su noche de bodas Maribel y Marcelino, su primera noche solos (es un decir con todos los que había en casa) y vieron por primera vez amanecer juntos el nuevo año. Por contra en casa de la Angelita la noche había sido un poco más movida, la visita que habían hecho al piso de arriba Jesús Goñi y sus amigos cobró sentido, a Fabri y a la Pilar les habían hecho la petaca en la cama, así que se tuvieron que levantar y hacer la cama de nuevo, y en la cama de la Paulina y Félix les habían quitado una sujeción del somier, de tal forma que cuando el delgado cuerpo de Paulina se acostó no pasó nada, pero cuando se acostó Félix, el somier se vino abajo, a oscuras en la habitación de una casa desconocida y en voz baja chillaba Félix: "ché, Paulina, que me he caído" con su acento todavía argentino, y Paulina también inclinada en el somier le decía: "callá, Félix, callá, que te van a oir", y así se pasaron toda la noche con el consiguiente cachondeo de todos al día después.


Después de pasar la noche mis padres tomaron rumbo a Madrid, esa era su luna de miel, pasar unos días en Madrid, y de paso mi padre intentaba cobrar unas comisiones que le debía una empresa de allí. Les cayó una buena nevada, pero Maribel lo que más recuerda es la cabalgata de la noche de reyes que vivió en Madrid, antes de volver a tomar el tren con rumbo a Zaragoza.


Allí empezó una nueva vida, de sufrimientos y alegrías, de mucho trabajar de mi padre, de privarse de muchas cosas para dárnoslo todo, de mucho amor y cariño, para que ahora uno de sus hijos, pueda rememorar el día en que se casaron. Felicidades padres en estos 46 años de matrimonio, os merecéis todo lo mejor, os quiero.

martes, 23 de noviembre de 2010

Yo, Cárdenas



"Yó, Cárdenas", así creo que se tendría que titular el nuevo (ya lleva unos mesecitos) programa de las mañanas de Javier Cárdenas, y Yó con acento, ya que es una de las palabras que más se repite en las madrugadoras horas del programa, permítanme por tanto que me salte la norma ortográfica y en todo el post que queda, lo acentúe para reclamar el nuevo título del programa "Yó, Cárdenas". Al menos eso pienso Yó.


Ya me confesé en "atrévete pero poco" seguidor del programa de Cárdenas, tras ser también seguidor (si se puede llamar a éso, escuchar el programa en el trayecto de casa al trabajo y en el tiempo en que me cuesta aparcar) de Atrévete en Cadena Dial; al confesarme, ya no necesito explicar del lado de quién estoy, y me gustaría realizar desde aquí una crítica sana y desde el humor del Yó, Cárdenas. Un día uno de sus colaboradores habló del programa como si se tratase de una empresa, le había dicho a un famoso que él trabajaba en "Cárdenas", como si fuese "Cárdenas, s.l." o similar, y en el fondo, es un poco lo que hay, no es raro, mientras escucho el programa que en una frase de diez palabras no aparezca la palabra Yó emitida por Cárdenas: "Yó siempre he dicho…" "Por que Yó…" "Yó soy el primero que…" "Cuando Yó…"… y la verdad que se entiende en un programa tan personal del centurión Javierus Cárdenus, pero tan repetitivamente se hace pesado y muchas veces me hace cambiar a sus antiguos compañeros en un vano deseo de que hayan cambiado y sean un poco mejores (como he dicho, vano intento).


En muchas ocasiones critica -con su forma natural y argumentada de hacerlo, lo que se agradace- a personajes como Belén Esteban o similares, aludiendo a que determinados programas les dan cancha para convertirles en lo que no son y al final acaben opinando de todo sin saber. Salvando el abismo ingente que hay entre estos dos personajes mediáticos, Cardenorum, cae muchas veces en lo que él mismo predica de los demás, de todo sabe, de todo opina, y lo que es peor de todo juzga (y éste es para mi el principal error), en el programa se insertan zappings extraídos de programas de televisión principalmente, y se opina sobre el corte sin haber escuchado todo el contexto, y de este trocito se juzga y se condena o se salva al reo del zapping. "Opinar sin saber, es volverla a meter". Tal vez un poco de prudencia en algunos casos no vendría mal, no siempre se puede tener la razón de todo.


Me ha pasado ya unas cuantas veces que Yó había visto el corte del que se hablaba, y o bien el afectado matizaba sus argumentos después o bien no tenían el sentido que se les quería dar por parte Cardenias-orum, al darte cuenta de estos detalles te chirrían los esquemas y pones en duda otros argumentos que tiene que seguramente serán más arcertados, por que si algo tengo que decir es que tiene un buen criterio reflexivo y en la mayoría de los casos enfoca bien el problema y lo argumenta mucho mejor, pero también entiendo, que hacer un programa de lunes a viernes impide poder estar informado de todo. Pero ciertamente, se hecha de menos, alguna visión más diferenciada en el programa, Yó soy de los que creo que entre diferentes puntos de vista se está más cerca de la "verdad" que entre una visión única y centralizada.


Otro gran defecto (al menos eso pienso Yó), es el de sus acólitos del programa (lo que vendría a ser el senado de Yó, Claudio), y ya le pasaba anteriormente con sus compañeros de Atrévete, pobre del que ose llevarle la contraria; en algún momento parece que un colaborador quiere opinar algo contrario e inmediatamente aparece Cardenius diciendo: "perdona, perdona,…Yó…", y acto seguido proceden a darle la razón y a aplaudirle, ya que ellos saben y todos sabemos que entre media hora y una hora de programa se va a ir hasta que acaben confesando su sacro error de opinión.


Aún así, Áve Cardenus vence por clara ventaja a Oscarus Martinizus (Óscar Martínez) y a su Atrévete replicado del programa de Cárdenas, en la batalla de radio-entretenimiento de las mañanas prefiero tener que escuchar cien veces un Yó, que no tener que esperar a que entre una broma del dakitú que eso si que hace reir. Aunque de momento no hay color en cuanto a oyentes (un millón de Atrévete en la época de Cárdenas, frente a 366.000 oyentes en la última oleada de julio del EGM), "Levántate y Cárdenas" es un programa que tengo la impresión que va creciendo día a día. Jaime Buendía, el neuras o el inagotable brasas ponen una gota de humor a todas mis mañanas laborables que Yó agradezco. David G. Goñi (osease, Yó) dixit

Os dejo con un making of del programa, el spot promo y algunas bromas del programa, imperdibles:


viernes, 3 de septiembre de 2010

Atrévete, pero poco



Sólo escucho la radio el pequeño trayecto que me lleva desde casa hasta el trabajo en el coche, durante los últimos años la emisora preferida para esas horas de la mañana era Cadena Dial, a esas horas emiten un programa que se llama Atrévete, hace cuatro años, me parece, tomó la dirección del programa Javier Cárdenas y le dio frescura y lo hizo mucho más dinámico, el programa se emite todas las mañanas de 7 a 10 y ganó un Ondas en el 2008.


Cárdenas no era precisamente mi presentador favorito, me parece demasiado creído y prepotente, todo lo sabía y como alguien del equipo le llevara la contraria se pegaba una hora hasta que el compañero acababa dándole la razón para terminar la historia, tal vez se parece en eso demasiado a mí. Cárdenas es de los de pensamiento único. Pero aún así, he de reconocer que lo hacía muy bien, era dinámico, ágil y te generaba conflicto sano, ése era su valor y un millón de oyentes así lo avalaban.


Pero llegó el final del verano y Cárdenas era un producto codiciado para cadenas televisivas y radios, asegurando esas audiencias, y así fue, pero una filtración antes de tiempo provocó que Cárdenas saliera por la puerta de atrás, no pudo ni despedirse de sus oyentes, ya que en el momento en que la productora se enteró no le dejaron ni hablar en antena, así el último programa los condujo MJ Aledón, que mal rollito. Aun así se despidió como un caballero de sus oyentes en su página web: "Desgraciadamente no se me ha permitido deciros adiós y eso es injusto tanto para vosotros como para mí por el vínculo tan estrecho creado entre nosotros durante este tiempo. Para mí ha sido un gran honor el haber trabajado en Cadena Dial, todo un orgullo haber sido director y conductor de programa Atrévete junto a un equipo excepcional que ha currado muy duro para lograr todos los éxitos acumulados durantes estos cuatro años".


Desde el 30 de agosto ya empezó la nueva andadura de Atrévete con Oscar Martínez como presentador estrella, le he dado varios días de ver por donde va, pero me está defraudando y mucho. Empezar haciendo lo mismo que ya se hacía obliga a la comparación y es ahí donde sale bastante mal parado. El nuevo presentador Oscar Martínez, es tan vulgar -en el sentido etimológico de la palabra- como su primer apellido, el mismo se define como normal, y eso nos gusta a todos los oyentes, pero la normalidad tiene que tener frescura y como dice el programa atrevimiento. Tal vez es que nunca ha sido santo de mi devoción, su parecido con Emilio Aragón, sus fracasos televisivos con el programa de "la vuelta al mundo" del que era hasta productor, y de otros programas en teles de segunda, y principalmente para que nos vamos a engañar, que sea tan blando y buenorro no me acaban de convencer, aunque le reconozco profesionalidad y soltura. Le falta, entre otras cosas, el punto canalla de Cárdenas, más parece el niño listo de la clase de Escolapios.



El equipo no ha cambiado, siguen MJ Aledón, Isidro Montalvo, Roberto Alcaraz, Sebastián Maspons, a los que se han unido Nuria Roca y Juanra Bonet entre otros, además de actualizar los colaboradores, hoy me ha parecido que estaba Nacho Sierra, el de los animalitos. En el programa son siempre geniales las bromas de isidro, de padre Montalvo o de sargento de la Guardia Civil o con el famoso dakitú, para troncharte de risa, y que decir de los chistes malísimos de Jacinto Pinto. También los cruces de llamada son de mis preferidos, genial el: "que-yo-no-te-he-lla-ma-do, quieres que te lo diga en chino?", y Radio Pitimini donde demuestra que por ganar todo el mundo es capaz de tragar y decir la burrada más gorda del mundo, "el yayo justo" era otra sección muy divertida donde ponen una voz de un abuelo y hay que adivinar su edad, el que más se acerca gana, también las bromas de Juan Luis Mejias, el brasas, con los taxistas o los quiosqueros, la becaria-presentadora que gracias a la gente consiguió ser portada e interior de Interviú,… en fin, un programa muy entretenido que precisa de un presentador fresco y con personalidad.


Cárdenas presenta desde el 1 de septiembre idéntico morning show en Europa FM con el programa "Levántate y Cárdenas", demasiado parecido con "levántate y anda", otro programa radiofónico de las mañanas en M80 de Jordi Casoliva. En su programa estarán Paula Prendes (casualmente su novia, cuya voz no me gusta nada, de nada), Jorge Salvador y Sergi Mas que ya compartían mañanas esporádicamente en "Atrévete". Lo siento por Cadena Dial pero el lunes que viene si no cambian las cosas me veré obligado a buscar en mi dial el nuevo programa de Cárdenas o a inentar pillar Rock&gol.


Aquí os pongo dos fotitos de la pareja Cárdenas y Paula Prendes, que en estudio los dos genial, pero pillados recién salidos de una playa de Ibiza dejan bastante que desear y están blanquitos, blanquitos, bueno, como todos al empezar el verano.


Y algunos ejemplos del programa, una bromita de Isidro Montalvo, otra del Padre Montalvo, Guardia civil Montalvo. Radio nostalgia, el jacintómetro y cruce de líneas de Sebastián Maspons,











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