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lunes, 28 de octubre de 2013

Bricomanía de verano



Cuando llegamos este verano a la casa de Asturias nos encontramos con una desagradable sorpresa, debido a las lluvias y los vientos de la primavera, el tejado de la caseta y el de la leñera se habían visto resentidos, en alguna parte se habían volado y por lo tanto el agua había entrado a mojar el aglomerado del tejado, y en la leñera la poca inclinación también había hecho alguna gotera. Tocaba ponerse en verano manos a la obra y emular a los programas de bricomanía.


Primero decidir cual sería el sistema que empleaba para dejar un tejado mucho más resistente. Me visité todos los centros de bricolaje y miré y revisé todas las posibilidades. Al final me decanté por la tégola por precio ya que con otros sistemas desperdiciaba mucho material en mis medidas y me costaba más del doble.


Así que muy a mi pesar que me hubiera gustado descansar y no ponerme manos a la obra, me puse a reparar los tejados, levanté la leñera en la parte de atrás unos 10 centímetros lo que hizo que la inclinación aumentara, además de cambiar todas las maderas de los tejados ya que se habían humedecido y no servían para casi nada.


Así es como quedó al final, por suerte los días de trabajo el tiempo aguantó y no hizo mucho sol y tampoco llovió. La prueba de fuego fue a los pocos días en las que calló una tormenta de verano y el resultado fue satisfactorio. Cada día me parezco más a mi padre y no hay verano en el que no haga algo de bricomanía.

martes, 9 de octubre de 2012

Vacaciones gatunas



A pesar del largo viaje en sus cestas de Zaragoza a Asturias, andaban los gatos como gato por su casa, al principio temerosos y timoratos, con sus cuerpos pegados al suelo, oliéndolo todo y cautos en sus caminares. Siempre el uno al lado del otro, a los dos días ya eran los dueños de la casa y cuando podían nos la intentaban liar, saltando la valla o metiéndose a hurtadillas en casa.


Titán fue el primero en marcar territorio, su casta de gato callejero le hace saberse listo y fuerte, a la vez que es el primero en buscar los mimos mañaneros. A los maullidos de una gata en celo salió despavorido a por ella, y me costó sudores y lágrimas volverlo al redil. Desde aquel día vagaba por los laterales del jardín buscando y buscando.


Vito se encontraba más lustroso que nunca, corría de un lado a otro, pero siempre con bondad, se dejaba llevar por las iniciativas de Titán, pero siempre quedándose intramuros, hasta que un día descubrió que el también podía saltar la valla y se lanzó contra un matorral de zarzas en las que su pelo se enredaba y me costó más de un arañazo liberarlo de su triste huída.


Así se pasaron las vacaciones, comiendo, durmiendo, cazando lagartijas y disfrutando de un verano de vacaciones gatunas.

lunes, 8 de octubre de 2012

Bar-Sidrería Rompeolas



Estaba allí, detrás de esas pilastras y vallas enrejadas de hierro oxidado, estaba allí, en el llanisco barrio del El Cueto, entre un cruce de pequeñas calles que se abrían a la noche con luces verdes y blancas. Estaba allí, en el silencio de todas las tardes de sol y de lluvia, con una fachada abandonada a su suerte y en horarios de dispensario, estaba allí. Estaba allí, hasta que un día dejo de estar, al igual que otras tantas cosas que se llevaron los años en los que el ladrillo se ponía fácil, y del día a la mañana ya no estaba, el bar-sidrería Rompeolas, había desaparecido, y su casa también, y de él sólo quedó un vacío solar repleto de ortigas y hierbas malas, sobre las que se lanzaban en la noche vasos y botellas entre canciones y borracheras de madrugada.


El Rompeolas era uno de mis sitios preferidos, cualquiera que haya estado no lo habrá olvidado. Sus paredes eran un acopio de carteles taurinos viejos y antiguas fotos de equipos de fútbol decoloridas y sucias por el paso del tiempo. Conforme subían hacia arriba su color era más oscuro y sucio todavía. Tan sólo una línea de horizonte marcada por una banda de un color verde sidra señalaba las noticias de actualidad. El suelo era una amalgama de distintos cementos salpicado constantemente por la sidra que caía de los vasos, que se repartía a partes iguales, sobre el final de las paredes y el comienzo del suelo. El resto eran una barra de madera acabada en el mismo color verde de la pared, alguna puerta oscura que llevaba al más profundo de los infiernos y otra con visillos y tenue luz de 25 vatios en su interior.


Detrás de la barra un hombre mayor, de cara curtida y plegada, con alguna verruga repartida sin mucho gusto, de boca cerrada sobre la que sobre salía un palillo maltratado, atendía sin mucha diligencia mientras miraba una tele que tenía colgada por una de las alturas, estirando su cuello ancho de pellejos. Detrás de la barra no había mucho que elegir, sidra, cerveza, y alguna botella vieja de licor a las espaldas con sellos de registro de otros tiempos. De vez en cuando, de la puerta de visillos salía algún plato de queso y algunas rodajas de chorizo sobre un pan cortado en diagonal, todo colocado sin mucho estilo, como lo haría una madre. Alguna noche cambiaba el público y hasta el camarero y los largos anocheceres de verano se repartían en su pequeño patio del que era muy difícil encontrar un hueco donde sentarse.


Pero todo aquello un año murió, al igual que el Camping el Brao, al volver un verano, ya nada estaba, nada quedaba de su patio hecho de piedras sobre el que era difícil asentar una silla sin temor a caerse, ni de las cáscaras de cacahuetes que imposibles de recoger del suelo, se quedaban allí para más vida. También había desaparecido la casa y con ella el Rompeolas, con todos sus carteles y muchos años de historia sobre sus paredes. Ya nada quedaba más que el espacio delimitador que no hace honor a lo que un día hubo allí.


En el Rompeolas dejamos muchas risas, muchas historias contadas y mucha sed mitigada. Ni los gatos  que campaban a sus anchas recorren ya su perímetro. El Rompeolas se fue, se marchó, sólo dejando una huella para los que lo conocimos, y albergando suciedad para los que creen que ese solar siempre estuvo ahí. Siempre me quedará la pena de no recordar mi última cerveza en el Rompeolas, la sidrería que siempre estuvo allí y de la que siempre quedará el recuerdo.

Como banda sonora de recuerdo, el impagable, Rompeolas de Loquillo.



Imagen interior El Rompeolas de asturias por descubrir.

miércoles, 11 de abril de 2012

¡Hey, Vito, hey!



Vito ha estado este mes malo, sus ojos se mostraban más tristes y su actitud era más apática que nunca, él que siempre iba de lado a lado, con su bolita de pelo, ahora vaga errante y se deja ver lo indispensable. Uno bichitos a los que es alérgico le han provocado unas heridas ulcerosas y hasta la gana de comer le han quitado.


El mes pasado tuvimos que ir corriendo con él a urgencias veterinarias ya que esas heridas le estaban provocando una infección, nosotros que creíamos que eran de peleas que tenía con nuestro otro gato, Titán, ye eran por una reacción alérgica a estas picaduras. Poco a poco le vamos dando su tratamiento y parece que algo va mejorando, pero aún así se muestra triste, y encima Titán ahora le ataca más que nunca y cuando lo ve por la casa lo persigue hasta arrinconarlo y atacarlo, jugando con él.


Ánimo Vito, que en nada ya verás como te pones bien, en nada llega el buen tiempo y estarás todo el día en el jardín. ¡Ánimo Vito!

jueves, 8 de marzo de 2012

El escaparate con el queso de Pixie y Dixie



Zaragoza esconde en algunos lugares pequeños tesoros que para los ojos de un niño no se pueden borrar nunca, uno de ellos es la quesería que se encuentra en la calle Josefa Amar y Borbón, paralela al Paseo Independencia y que corta con la calle San Miguel. En esta calle de tan ilustrado y liberal nombre de la libre pensadora y traductora aragonesa pervive desde mis recuerdos de niño una quesería que mantiene intacto su escaparate desde mi recuerdo de más de treinta y cinco años.

Con pocos años y menos altura, pantalón corto, jersey por dentro y cinturón prieto, abrigo, y zapatos con calcetines hasta la rodilla para reemplazar al pantalón largo, me apostaba agarrado al brazo de mi madre a este escaparate y contemplaba esos quesos enormes de pega y uno que solían tener arriba cortado y lleno de agujeros como en los dibujos animados y me impresionaba, a mi que nunca me ha gustado el queso, me maravilla su magnitud, su dimensión, que dado mi menguado tamaño todavía parecía mayor.


Por mi mente se dibujaban Pixie & Dixie, los malditos roedores, que el gato Jinks pronunciaba como "malditos rejedores", saltaban y volaban atravesando los agujeros de esos enormes quesos que veía en el escaparate, corrían a su alrededor girando por su gran tamaño, mientras Jinks los perseguía como loco para no conseguir nada. Allí me quedaba absorto en mis ensoñaciones infantiles hasta que un golpe en la nuca de mi madre me despertaba al grito de —"vamos, que llevamos prisa y no nos va a dar tiempo a nada"—, y allí nos marchábamos, mi madre tirando de un pequeño en pantalones cortos y abrigo, que no hacía otra cosa que volver la cabeza mirando por última vez aquel escaparate que tenía el queso de Pixie y Dixie.

martes, 7 de febrero de 2012

Lord Taylor, el nuevo gatito



Desde el año pasado hay un nuevo gatito en nuestras vidas, bueno, mejor dicho en la de Esteban y Sergio. Un día desde su casa, mientras veían los programas del corazón haciendo zapping de uno a otro y de otro a uno, escucharon unos maullidos lastimeros desde la calle, su gata Queen no era, miraron para un lado y para otro y no veían nada, pero los maullidos no dejaban de oírse, ya preocupados bajaron a la calle y se encontraron con un gatito blanco precioso que tenía una pierna fracturada y la cola rota, posiblemente de un atropello, como no podía ser menos, se lo llevaron a casa y ya son cuatro en casa, dos más dos gatos.


Le han llamado Taylor, lord Taylor, todo un nombre para un señor gato, seguro que en casa no le faltará tanto glamour como el de su apellido. Ya bautizado y curado en el veterinario de sus fracturas, poco tiempo le faltó para saltar de un lado a otro de la casa.


Hacerse con su territorio no fue fácil, Queen, su compañera de piso de anterioridad no se lo puso fácil al principio, le bufaba y le marcaba su territorio, pero Taylor pasaba de todo, y sólo quería jugar con ella, es lo que tienen los pequeños.


Taylor es un gato precioso, con ojos tristes y orejas grandes, pelo sedoso y muy bueno, y que seguro les hará muchas trastadas a mis cuñados. Bienvenido a casa, lord Taylor.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Gatos esfinge



Allí están, esperando su ración de mimos, Titán frente a Vito, imitando el uno los movimientos del otro, Titán despierto y vivo solicitando cariños, Vito medio dormido y ronroneando mientras agita su mata de pelo en cada respiración, ambos son los gatos esfinge, unos gatos a la espera de su sesión de rascado y caricias, dan tanto por tan poco.


martes, 6 de septiembre de 2011

Titán el fugitivo



Titán al contrario de Vito es otro cantar, bueno es, pero ávido de aventuras más, siempre tenemos que andar controlándolo ya que su instinto le lleva a querer salir fuera de su casa, a mi no me importaría mucho, sé que acabaría volviendo, pero a Ana sólo el pensar que un día no venga le da un mal.


Titán se pegaba a la malla de nuestra casa, siempre mirando más atrás, siempre queriendo estar fuera de su linde, teníamos que tapar cualquier hueco por donde pudiese entrar porque en el momento que pudiera sabíamos que se intentaría salir.


Y así fue, un día que nos despistamos un poco Titán desapareció, Vito estaba tranquilo en la caseta, pero a Titán no se le veía por ningún lado. Esperamos un poco a ver si volvía llamándolo desde casa, pero Titán no daba ninguna señal. La tarde se puso triste y empezó a llover, y Titán por ahí fuera. Cuando paró salí a buscarlo mientras Ana cuidaba de June. Lo llamaba por los caminos, lo llamaba por las zarzas, lo llamaba,… pero Titán no respondía.


Llegó la noche y apenas pude dormir, me quedé abajo, en el comedor esperando oír sus maullidos en la noche, pero Titán no maulló ni se acercó por casa. Mientras en la tele ponían Cuarto Milenio yo salía de vez en cuando a buscar en el frescor de la noche a Titán, hasta que la noche pasó y llegó el día. Por la mañana otra vuelta por los alrededores buscándolo por todos los sitios, llamándolo entre los charcos, llamándolo entre los huecos, llamándolo entre las sombras, llamándolo,… pero en todo el día Titán no apareció. Al tardar ya tanto nos hicimos a lo peor, y nos contentábamos con cuidar a Vito que se mostraba triste y solitario.


Llegó la noche y la hora de dormir. A eso de las cuatro de la mañana nos despertaron unos maullidos muy fuertes, era Titán que llamaba a la puerta. Bajé como pude las escaleras con los ojos aún dormidos y asutados, y salí descalzo pensando que por el maullido era una pelea de gatos, abrí la puerta y las sombras no me dejaron ver nada. Encendimos alguna luz y miramos achinando los ojos, de repente de debajo de la hamaca apareció Titán, algo sucio y muy tranquilo. Lo miré como se mira a un hijo que ha hecho algo mal, con ganas de montarle una bronca, pero con la alegría de verle, lo guardé en su caseta, y aquella noche, nosotros y Vito dormimos más tranquilos.

Vito el tranquilo



Vito apenas tiene dos años y unos meses más, cuando llegó procedente de Vitoria, de ahí su nombre, aunque también le pega su matiz mafioso, era pequeño, maullador y tímido. Ahora es grande, maulla poco y le gusta estar en todas las fiestas, pero no es nada aventurero fuera de casa.


Vito es travieso, obediente y con poca malicia, es un buenaz, al otro gato, a Titán lo lleva a maltraer, le quita la comida, la bebida, y el otro que aunque es más fino que él, le puede en las peleas sanas que tienen, le deja aportando veteranía frente a juventud.


Vito viajaba de lado a lado del jardín en la casa de Asturias, parecía que bailaba sobre el suelo, dando pasos con pequeños saltitos como si pisara un colchón elástico, y así de un lado para otro hasta que se ocultaba debajo del coche o se intentaba meter dentro de casa.


Se arrimaba a la verja intentado ver la vida desde el otro lado como si estuviera detrás de una malla electrificada y al otro lado un campo plagado de cosas que se mueven que se pueden comer. Aunque luego, quitando las moscas, ve un caracol y la diversión le dura un segundo. Vito es así, tranquilo y bueno.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Vacaciones de gatos



Para los gatos siempre es una aventura ir de vacaciones a Asturias, al principio no lo llevan bien, cuando en el viaje les meto en las cestas se hacen lo más remolones posible, ciertamente el viaje es largo y estar en un reducto tan pequeño no tiene que ser muy agradable. Pero una vez que llegamos a casa la cara se les empieza a cambiar un poco.


Al principio estan muy timoratos, principalmente el mayor (de edad) que es Titán, los primeros ratos salía agachado, arrastrando su cuerpo lo más posible en señal de prudencia y miedo ante lo desconocido (que ya le era conocido), sin embargo Vito (el persa) estaba como si nada, era la segunda vez que estaba en Asturias y parecía que lo recordaba todo a la perfección. Eso sí, siempre tengo que colocar maderas para tapar todos los huecos ya que se intentan escapar por donde sea.


Dentro de la caseta les dejé sus cestas de viaje como dormitorios independientes, por supuesto el Vito usó las dos indistintamente y Titán se conformaba con la que le dejaba libre.


Cuando los sacábamos estaban en su salsa, con el que más cuidado teníamos era con Titán que una vez que perdió el miedo siempre está intentando ver como la puede liar y salirse fuera, ya nos pasó el año pasado que para cuando nos dimos cuenta estaba en el campo de al lado.


Y esa era su ilusión, hacía como que no nos veía e intentaba irse a buscar un hueco. Siempre que podíamos se lo impedíamos y para atrás, vuelta a empezar.


La verdad que disfrutan de las vacaciones bien, siempre que pueden fuera y descubriendo ratoncillos que se mueven por el campo, moscas, babosas y todo lo que pillan que observan con ignorancia gatuna.


jueves, 28 de octubre de 2010

La niña que escribió gato con jota



Recuerdo que de pequeños nuestra madre nos insistía mucho en el cole a la hora de escribir, con las faltas de ortografía, era casi una pequeña obsesión y le gustaba cuando mi hermano le enseñaba los deberes sin faltas y me recriminaba cuando en los míos siempre había alguna, no muchas, pero alguna había (disculparme de antemano cuando se me escapa alguna o cuando uso el condicional en lugar del imperfecto de subjuntivo, es mi herencia navarra) y era entonces, cuando mi madre con dolor interno nos recordaba algo que le pasó en esa misma escuela que os contaba en el post anterior.


Un día en Leache, mientras el profesor del mapa -aunque algunos años antes- les hacía un dictado a una clase en la que había niños de todas las edades y de todos los niveles, mi madre en su cuerpo de niña se apuraba por cargar su pluma en el tintero de su plumier y evitar el goterón de tinta que anticipaba el proceso de carga. Mientras el profesor apostado en su mesa elevada del suelo miraba por encima del libro que le tapaba casi toda la cara mientras recitaba el dictado: "El pez gato tiene largos bigotes junto a la boca,…" "no hablen" -replicaba a los primeros murmullos-, …"vive en los ríos y lagunas de agua dulce,…" Mi madre apuraba con cariño todas las letras intentando cuadrar ese rabillo en la "o" y sonreía al acordarse que "río" llevaba acento. Poco podía sospechar que había comenzado su dictado escribiendo: "El pez jato tiene largos bigotes…", ajena a este detalle sin importancia, acababa la última frase que dictaba el profesor, mientras asomaba los ojos por las tapas del libro escudriñando a algún alumno rebelde y remataba el dictado con la última frase en la que parecía que hablaba de él mismo: "se vuelve inaguantable y gruñon. Punto y final, déjenme los dictados sobre la mesa y comienzen en silencio, ¡he dicho en silencio! a leer el libro en la página ochenta y nueve. ¡Teodoro! guarde silencio".


Así lo hicieron todos y mientras con el libro abierto en esa página ochenta y nueve miraban a derecha e izquierda y cada uno se despistaba con lo que quería, unos con el gorrión de la ventana, otros sacando la lengua a su compañero de pasillo, otros limpiándose de los restos de tinta china que se habían volcado sobre la mesa al hacer el dictado, otros pellizcando al de al lado, otros soñando con el recreo y darle patadas a su balón de trapo, otros… durmiéndose; pero todos -o casi todos- atentos a los gestos del profesor mientras corregía los dictados. De repente el profesor se convulsionó sobre su mesa y se levantó como un resorte, inyectando sus ojos repletos de furia sobre mi madre, pero las miradas nunca son exactas y temblaron sus compañeros de delante, los de detrás, los de los lados y por supuesto Sabina su compañera de mesa, sospechando que podían ser ellos los que habían provocado esa furia docente.


¡María Isabel Goñi! -gritó el colérico maestro-, ¡Sabe usted que ha escito gato con jota! -voló de su mesa hasta el pupitre como poseído por una fuerza diabólica y le chillaba ya a pocos centímetros de la cara de mi madre, de la cara de una niña que había tomado ya un ligero color rojo de rubor, a la par que los compañeros de delante, los de detrás, los de los lados y Sabina soplaban con alivio al saber que no eran ellos los culpables. Faltaron segundos para que el valiente maestro y gran educador soltase un tortazo a mano abierta sobre la cara de mi madre, el rojo del moflete izquierdo dejó paso al blanco de los dedos marcados sobre su cara y el llanto afloró sobre la misma, pero no eran lágrimas de dolor, eran lágrimas de orgullo. No hubo uno sólo de sus compañeros que no sintiera aquel bofetón como propio, pero nadie osó respirar. Para aquel maestro escribir "jato" era causa suficiente como para sacar toda la violencia que tenía dentro y pegar a una niña, era lo peor de lo peor, o tal vez lo peor era él mismo. Todavía sin recuperar la respiración espetó a mi madre que se colocase de rodillas junto al encerado y con varios libros sobre los brazos extendidos la tuvo un rato largo de castigo. Los niños que a veces son crueles sin maldad se burlarían de ella en el recreo por escribir "jato" y el profesor se sentaría orgulloso de la lección que les había enseñado a sus alumnos, me gustaría pensar que luego de mayores la lección de la violencia la hubieran olvidado todos, pero sé que eso es muy difícil.


Habría que preguntar al gramático que fijó gato con "ge" al pasar el cattus latino al castellano, si hubiera sabido esta historia, si no lo hubiera dejado en cato -más parecido al cat inglés, o hubiera preferido jato como se inventó mi madre-, pero si lo que quería era que no se le olvidase a nadie como se escribe gato, lo consiguió y todavía perduran los ecos de esta historia cada vez que el corrector de word o el google o el de cualquier otro programa coloca una línea de puntos roja o azul para recordarme que tal vez esa palabra no esté bien escrita, y aunque yo aquel día no recibí ningún tortazo ni humillación, lo siento como mío y a mi mente siempre viene la imagen del dolor de una niña que escribió gato con jota.


viernes, 27 de agosto de 2010

Villa Goñi



He estado hablando en estos días de las vacaciones en Asturias, pero todavía no os había hablado de Villa Goñi. Fue en junio de 2005 donde vimos por primera vez los planos de lo que ahora es nuestra casina asturiana, todo un sueño que llevábamos soñando desde la primera vez que en 1990 visitamos Asturias, este año hace precisamente 20 años en los que conocimos nuestro paraíso particular. Aquel año Ana y todas sus amigas de Vitoria veraneaban en el camping El Brao y yo fui para pasar los primeros días de mis vacaciones, llegué a Asturias con mi Opel Corsa Luxus que sólo tenía cuatro marchas, desde Zaragoza a Asturias me costó casi doce horas llegar, paré a recoger a Tó y a Bego en Vitoria y en Bilbao pillamos un atasco de los que se montaban entonces ya que no había autovía, algún día os contaré la historia completa, pero de quien me acuerdo mucho es de Elena y la eterna sonrisa que tenía aquel verano en Asturias


Aquí podéis ver a Ana que había ido en busca de Titán para que no se escapara, al ver la foto me he acordado de las numerosas sidras que han caído estas vacaciones, a mano hasta que llegó Pedro y con la maquinita, una vez que con sus manos de árbol la tocó y funcionó.


La distancia que tenemos con la carretera es la justa para no escuchar a los coches que circulan, tan sólo se oyen algunos trenes que pasan y que te hacen recordar que no estás en el paraíso y sí que estás en la vida terrenal, pero lo que si molesta es el gallo que nos han puesto en la casa que tenemos enfrente, debe ser un gallo que está sincronizado con el horario de más de veinte países, ya que se pasa cacareando una hora tras otra.


Tal vez alguno os estéis preguntando porqué se llama Villa Goñi nuestra casa y tal vez lo achaquéis a mi egocentrismo, pues tengo que deciros que tal vez tengáis razón, aunque fue una decisión consensuada con Ana. A nosotros lo que nos pasa es que compartimos el primer apellido, tanto Ana como yo nos apellidamos García, ante lo cual optamos por potenciar nuestros segundos apellidos -no se lo digáis a Marcelino ni a Pedro Hipólito- que son Goñi y Quintanar, dado que el pueblo en que tenemos la casa es Quintana, no molaba mucho llamarlo Villa Quintana, así que sin mucho regañar acepté y aceptó Ana que se llamara Villa Goñi, aunque lo que es más cuestionable es que dado el tamaño de la casa le llamemos Villa, pero así somos nosotros.


La campana es uno de los clásicos del verano y si no preguntárselo a los UU o a cualquiera que ha osado levantarse más tarde de las diez de la mañana en Villa Goñi.


En la parte de atrás está la barbacoa y la caseta de los gatos, enfrente no tenemos más que los vecinos de un caserón grande que no dan casi mal, no sabemos que hará el mexicano que ha comprado el terreno que tenemos justo al lado, espero que no nos quiten muchas vistas.


La caseta de los gatos en verano en invierno nos sirve para guardar el cortacésped y la leñera queda toda ordenadita, la leñera y el tejadito adjunto a la caseta lo diseñé y lo monté el año pasado, ¿a qué me quedó genial?


El cielo y nuestras madreselvas van creciendo poco a poco, las hierbas malas nos han invadido un poco el jardín y hemos hechado veneno justo antes de venirnos para aquí, ya veremos que nos encontramos cuando vayamos para allí.


Desde la tumbona totalmente relajado puedo mirar a mi alrededor y os aseguro que la vistas son realmente relajantes y que uno se olvida de todos los problemas que surgen del día a día. Aquí lo podéis ver de día.


Y aquí cuando anochece que todavía es más espectacular, ahora mismo me estoy viendo en la tumbona y "me se ponen los pelos como escarpias".
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