lunes, 8 de octubre de 2012

Bar-Sidrería Rompeolas



Estaba allí, detrás de esas pilastras y vallas enrejadas de hierro oxidado, estaba allí, en el llanisco barrio del El Cueto, entre un cruce de pequeñas calles que se abrían a la noche con luces verdes y blancas. Estaba allí, en el silencio de todas las tardes de sol y de lluvia, con una fachada abandonada a su suerte y en horarios de dispensario, estaba allí. Estaba allí, hasta que un día dejo de estar, al igual que otras tantas cosas que se llevaron los años en los que el ladrillo se ponía fácil, y del día a la mañana ya no estaba, el bar-sidrería Rompeolas, había desaparecido, y su casa también, y de él sólo quedó un vacío solar repleto de ortigas y hierbas malas, sobre las que se lanzaban en la noche vasos y botellas entre canciones y borracheras de madrugada.


El Rompeolas era uno de mis sitios preferidos, cualquiera que haya estado no lo habrá olvidado. Sus paredes eran un acopio de carteles taurinos viejos y antiguas fotos de equipos de fútbol decoloridas y sucias por el paso del tiempo. Conforme subían hacia arriba su color era más oscuro y sucio todavía. Tan sólo una línea de horizonte marcada por una banda de un color verde sidra señalaba las noticias de actualidad. El suelo era una amalgama de distintos cementos salpicado constantemente por la sidra que caía de los vasos, que se repartía a partes iguales, sobre el final de las paredes y el comienzo del suelo. El resto eran una barra de madera acabada en el mismo color verde de la pared, alguna puerta oscura que llevaba al más profundo de los infiernos y otra con visillos y tenue luz de 25 vatios en su interior.


Detrás de la barra un hombre mayor, de cara curtida y plegada, con alguna verruga repartida sin mucho gusto, de boca cerrada sobre la que sobre salía un palillo maltratado, atendía sin mucha diligencia mientras miraba una tele que tenía colgada por una de las alturas, estirando su cuello ancho de pellejos. Detrás de la barra no había mucho que elegir, sidra, cerveza, y alguna botella vieja de licor a las espaldas con sellos de registro de otros tiempos. De vez en cuando, de la puerta de visillos salía algún plato de queso y algunas rodajas de chorizo sobre un pan cortado en diagonal, todo colocado sin mucho estilo, como lo haría una madre. Alguna noche cambiaba el público y hasta el camarero y los largos anocheceres de verano se repartían en su pequeño patio del que era muy difícil encontrar un hueco donde sentarse.


Pero todo aquello un año murió, al igual que el Camping el Brao, al volver un verano, ya nada estaba, nada quedaba de su patio hecho de piedras sobre el que era difícil asentar una silla sin temor a caerse, ni de las cáscaras de cacahuetes que imposibles de recoger del suelo, se quedaban allí para más vida. También había desaparecido la casa y con ella el Rompeolas, con todos sus carteles y muchos años de historia sobre sus paredes. Ya nada quedaba más que el espacio delimitador que no hace honor a lo que un día hubo allí.


En el Rompeolas dejamos muchas risas, muchas historias contadas y mucha sed mitigada. Ni los gatos  que campaban a sus anchas recorren ya su perímetro. El Rompeolas se fue, se marchó, sólo dejando una huella para los que lo conocimos, y albergando suciedad para los que creen que ese solar siempre estuvo ahí. Siempre me quedará la pena de no recordar mi última cerveza en el Rompeolas, la sidrería que siempre estuvo allí y de la que siempre quedará el recuerdo.

Como banda sonora de recuerdo, el impagable, Rompeolas de Loquillo.



Imagen interior El Rompeolas de asturias por descubrir.

1 comentario:

  1. Qué tiempos en el rompeolas! Siempre que iba a Llanes paraba a tomar una sidra. Sitio mítico como pocos, sin lugar a dudas.

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