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miércoles, 6 de noviembre de 2013

El abuelo Valentín



Me dicen que te conocí, pero no lo puedo recordar. Apenas tenía unos meses de vida. Intuyo que tus grandes manos curtidas por el duro trabajo me tomaban como si fuera un juguete. Mi padre me cuenta que viniste a verme a Zaragoza, en las navidades de aquel año 1968. Pero no lo puedo recordar. Me imagino que me dirías cosas, pero tu voz no me ha llegado. Intuyo que sería grave y ronca, fruto de fumar cuarterón, Ideales o lo que se podía. Pero no la puedo recordar.


Ahora que veo a tu hijo convertido en abuelo y lo veo tan diferente al que fue mi padre. Ni malo, ni bueno, pero distinto. Juega y sonríe como un niño más, seguro que te haría gracia verlo, abuelo. No sé si tú serías así conmigo, me extraña, los tuyos eran otros tiempos. El 3 de noviembre hubieras hecho 117 años, que se dice pronto. Venías de hace dos siglos que parece mucho y tan sólo eras mi abuelo. Pero nunca te pude felicitar, ni tirar de tus orejas, ni acariciar tu pelo.


Te busco entre sombras con tu boina hacia atrás y no te encuentro. Me hubiera gustado tocarte, sentir tu piel dura y tu barba recia. Mis padres no recuerdan si te volví a ver con 1 ó 2 años, yo menos. Tal vez compartí contigo aquel olor característico de Anguiano en mi infancia, ese olor a ceniza de chimenea y animales en las calles y las casas. Seguro que me habría colado entre tus piernas, para después querer quitarte el bastón que te sostiene. Quien sabe si ese día existió, si tal vez dormí en tu regazo.


Me duraste poco, muy poco, demasiado poco. Apenas tenía dos años y medio cuando el día de nochebuena dijiste adiós con 74 años. cinco menos de los que tiene tu hijo, mi padre, ahora. No recuerdo nada de ese día, pero de eso me alegro. Te dejaron en el cementerio de Anguiano, acompañando a tu mujer que te había dejado 13 años antes. Me gustaría saber si te di un beso, pero no lo recuerdo, te marchaste sin decírmelo.


Ahora, pasado mucho tiempo, miro las fotos y por más que lo intento, no te puedo recordar. A veces me encuentro buscándote entre sueños para ver si apareces y cuando creo verte, me doy cuenta de que es un sueño, y a veces, para consolarme, hasta lo pongo en duda. Abuelo Valentín, me hubiera gustado poder recordarte, pero mucho más me hubiera gustado, poder tenerte.

martes, 29 de octubre de 2013

Adiós Ricardo, adiós majo



El otro día, agotado físicamente sobre la cama de un hospital el tío Ricardo dijo adiós. Un cáncer de páncreas le había consumido su cuerpo aunque el espíritu nunca le faltó. Lo fuimos a ver en septiembre, en una mañana de domingo de Vitoria de las que el sol se pelea por traspasar las hojas de los árboles, caminar hacia su casa por Adurtza nos llevó al recuerdo de su hermana que vivía justo enfrente y que hace ya unos años se la llevó lo mismo que le estaba consumiendo a Ricardo. Pero en ese momento no queríamos pensar en esas cosas, lo pasado siempre es pasado.


Llamamos al timbre y subimos a verle con las dos niñas, el portal estaba muy cambiado, hacía muchos años que no pisaba esa casa y ahora tenía hasta ascensor. Llamamos al timbre y Ricardo nos salió a recibir diligente, con esa energía que se gastaba él, de toda la vida, como si la vida fuese maravillosa por el simple hecho de serlo. —¡Hola Ana! ¡Hola David! ¡¿Qué tal majo?!— oyéndole parecía que no había pasado el tiempo, de siempre lo recuerdo empleando esas tres expresiones, y la que más me encantaba era la de "majo", la decía con ese cariño con el que se regalan las palabras cuando quieren decir algo más que simples fonemas o sílabas.


Mientras contestábamos con el cariño que se merecía su cuerpo nos devolvía la realidad del sufrimiento de una enfermedad que se te va comiendo por dentro, pero su mirada delataba la mentalidad del que es fuerte de espíritu. Respondía a todo con resignación animada, como si no pasara nada, como no queriendo ser el protagonista, algo que nunca le había gustado. Miraba a las niñas y sonreía, mientras hablaba con una voz gutural que le había acompañado siempre fruto de muchos años de tabaco, hasta que un día hace ya bastantes años, decidió que no fumaba más y así lo hizo, sin darse importancia ni pedir ayuda, así era Ricardo.


Jubilado ya, siempre le había gustado pasear, ir de aquí para allá, lo recuerdo en verano bien afeitado, con los cuatro pelos que le quedaban peinados hacia atrás, el cinto visible, pantalón de pinzas y su camisa de manga corta de bolsillo abultado del que salían algún boleto de lotería o de la ONCE. Te lo encontrabas y te entretenía poco, como para no molestar, con su voz ronca me decía —¡¿Qué tal majo?!— en un tono entre interrogativo y exclamativo, y tras unos cortos minutos muy afables, volvía a emprender su ruta como si tuviera un destino que no podía abandonar.


Tan sólo había cumplido 74 años, le faltaba poco para los 75, pero el 26 de octubre no se quiso alargar hasta primeros de noviembre. El domingo nos juntamos toda la familia en Vitoria para decirle adiós, y lo hicimos como a él le hubiera gustado, con tristeza contenida y apariencia de buen ánimo, que no se viera la pena que iba por dentro. Fue un placer conocerte Ricardo, y tan sólo me queda decir un —"adiós, majo"— con un fuerte abrazo de los que a ti te gustaba dar. Hasta siempre.

miércoles, 16 de octubre de 2013

María y Mikel, la vida un regalo



María y Mikel, Mikel y María. Ninguno de los dos se conocía, y ni yo conocí a ninguno de los dos, pero no me eran desconocidos. No hablé con ellos nunca, pero sentía sus palabras muy cercanas. No les miré jamás a los ojos, pero siempre percibí una mirada cálida en sus rostros. No conocí a María más allá de lo que una televisión puede proyectar, pero siempre acepté una conexión especial con sus palabras. No conocí a Mikel más allá de lo que su madre me contaba entre palabras cálidas y silencios que no necesitan frases, pero siempre supe que había un amor de madre especial más allá de lo que se puede contar.


El viernes 11 de octubre los dos se marcharon, sin ponerse de acuerdo, sin conocerse, una mucho más popular, el otro entre el dolor del miedo al futuro de una familia. María de Villota se marchó temprano, en el silencio de la cama de un hotel. Mikel a las 10,15 entre tubos de una UCI y en estado de coma. A la familia de María le pilló de sorpresa, pero no tanta, ellos sólo pensaban en el año y algunos meses que habían disfrutado de su vida extra después del accidente. A la familia de Mikel les pilló como un alivio, a su lado, con la intimidad que da un cristal de por medio, y la maldita satisfacción que da un mal peor.


María hasta hace un año para mi, a no ser por su apellido era una gran desconocida. Mujer piloto de fórmula I, en un mundo de hombres, ya decía mucho de ella. Toda una vida preparándose para un sueño y cuando lo estaba tocando con los dedos un accidente casi mortal la trasladó a una realidad mucho más profunda, más cruel pero más humana. El despertar fue terrible, por dentro todo removido, por fuera un mundo sin perspectiva. Pasaron tan sólo unos meses y todo cambió, clínicamente parecía que todo se había arreglado y sentía y pensaba mejor que nunca, por fuera veía la mitad, pero jamás había visto tanto amor con tan pocos ojos.


Se dedicó desde entonces a compartir su descubrimiento, a decir que la vida es maravillosa cuando se mira todo con nuevos ojos, aunque sea con sólo uno, y lo decía todo con su dulce voz, con su tono amable que hacía más verdad lo que salía de su corazón. De conferencia en conferencia, de amigos en amigos y hablando de seguridad en los previos de Fórmula I, comía sus ganas de vivir la nueva vida que le había tocado disfrutar. Un día antes de que su corazón dijera basta en esa habitación de un hotel de Sevilla, María no había faltado a su cita con su amigo Manuel, al que descubrió una tarde de conversación franca perdida en busca de la catedral de Sevilla. Para Manuel María no se ha ido, para mi tampoco.


Mikel hasta hace un año no era nada para mi, la casualidad de una madre activa y sensible, que a través de la red, un pueblo como Anguiano y la casualidad, quiso compartir conmigo lo que sentía de mis palabras y el amor de su familia que le rodeaba. Me contó de su vida, de su arca de Noé particular, su caserío de Mendibe, lleno de animales, algunos sin suerte, que gracias a ella recobraban un nuevo sentido a la vida. Me habló de su familia, de sus padres, de Anguiano, de su hija Irantzu y de su hijo Mikel. Hablaba siempre de todo con apretado amor y orgullo.


Compartió conmigo en mayo la hospitalización de Mikel por una neumonía grave, y el otro día tuvo valor y tiempo para comentarme que Mikel se encontraba en muerte cerebral tras haberse atragantado con una miga de pan en el colegio. Los médicos auguraban un negro futuro, con muerte cerebral poco se podía hacer, sus padres tan sólo no querían verlo sufrir. Y Mikel finalmente tomó su decisión y se marchó sin dar ningún mal y repartir mucho amor. Para Sonia, su madre, Mikel no se ha ido, para mi tampoco.


María lleno de lágrimas mi corazón. Mikel también. Sentí la ausencia de dos desconocidos que sentía cercanos, mucho más que algunos conocidos. Sus sonrisas me acompañan, al igual que sus miradas, pero todavía más sus lecciones de vida, esas que no se olvidan nunca. María y Mikel se han ido, pero seguro que a Mikel le hubiera gustado pilotar un coche de fórmula uno más rápido que nadie o ponerse el parche en el ojo para ser un pirata malo, y seguro que a María le hubiera encantado conocer al burrito de las Encartaciones que cuidaba Mikel y que le recordara el nombre de todos sus perros.

Mikel lleno de lágrimas mi corazón. María también. Pero los dos me han ayudado a entender el camino para intentar ser cada día un poco mejor persona y comprender que la vida es el mejor regalo. Allí donde estéis, gracias.


martes, 10 de septiembre de 2013

Casildo Goñi Moriones, muerte en soledad



El 7 de septiembre de 1947 con 40 años fallecía Casildo Goñi Moriones, el hermano pequeño de mi abuelo, en la soledad del Santo Hospital Civil del Generalísimo de Basurto en Bilbao. Moría en el silencio de la noche, después de haber recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica por el cura del hospital a primera hora de la mañana. Era el pequeño de casa Matías en Leache, el aventurero que había decidido dejar el pueblo en busca del movimiento de la ciudad del norte.


La noticia tardó un día a llegar a Leache, y cuando llegó supuso un jarro de agua fría, justo habían conocido que estaba enfermo en el hospital y preparaban un viaje para visitarlo y cuidarlo, cuando se enteraron de la noticia de su muerte. Su hermana Visitación fue la primera en enterarse y con todo el disgusto corrió a avisar a su hermano Máximo que se encontraba trabajando en el campo. Paulina, su otra hermana estaba en Argentina buscando un poco más de suerte en el otro continente y la noticia le llegó con aquellas cartas de ultramar que se hacían eternas en sus respuestas.


Casildo nació en 1907, era el cuarto hijo de Valentín Goñi y de Nemesia Moriones. Nació en una casa en la que les tocó trabajar duro, los Goñi desde que llegaron a Leache a principios del XIX procedentes de la inclusa de Pamplona les tocó hacerse a sí mismos generación a generación. Así que la infancia y juventud de Casildo fue de trabajar muy duro. Cuando le tocó salir a servir en el ejército tenía claro que no se quería quedar en el pueblo, le gustaba conocer otras cosas, dejar el cotilleo de un pueblo para volcarse en lo desconocido de una ciudad.


Después de pasar por diferentes ciudades como Tafalla se asentó en Bilbao, trabajó en diferentes cosas hasta que consiguió un trabajo como empleado municipal de la Villa. Enseguida su carácter navarro se dejó notar, y su humor socarrón era apreciado por sus amigos de juergas de soltero en el que no faltaban ni las risas ni el vino.


Casildo siempre fue delicado de salud, sus bronquios eran débiles, al igual que le pasaba a su hermana Visitación que siempre estuvo medio enferma. Mientras estaba en Bilbao le tocó vivir la despedida de su hermana Paulina que con su hermano Félix partió para buscar otra vida mejor allende de los mares en Buenos Aires, en tierra, en su tierra, dejaban a tres hermanos, dos solteros, Casildo y Visitación, y uno casado, su hermano Máximo con Angelita.


A finales de agosto Casildo se empezó a encontrar mal, los bronquios le llevaron a vomitar sangre y rápidamente ingresó en el Santo Hospital Civil del Generalísimo Franco en Basurto el 21 de agosto de 1847, como empleado municipal tenía cubierto el seguro. Arriba se puede ver su cartilla de ingreso con la fecha que nunca acabó de ser rellenada ya que nunca llegó a recibir el alta.


El hospital del Generalísimo como así se llamaba popularmente de Basurto disponía de estancias de 30 camas y sobre cada una de ellas colgaba un cartel que recordaba a Doña Casilda Iturrizar, que donó 25.000 ptas. para mantener estas camas a perpetuidad. Casildo, encogido entre sus sábanas no era ajeno al recuerdo de su tocaya, pero en apenas dos semanas y sin dar tiempo para avisar a su familia de Leache del empeoramiento, una fresca madrugada sus quejidos se apagaron y tan sólo quedaron los de sus compañeros haciendo eco por la estancia. Por la mañana carreras de monjas y médicos que de nada sirvieron. Casildo había muerto.


Sus hermanos presentes acudieron al entierro que se celebró en Bilbao, allí había querido ir y allí se tenía que quedar, recogieron todos sus enseres de la pensión donde vivía y se marcharon con la tristeza de que les habían arrebatado a un hermano del que últimamente poco sabían. Volvieron la Visi y Máximo cabizbajos a un pueblo que sólo tenía preguntas y que no se explicaban como alguien podía morir con tan sólo 40 años. Ángelita y sus dos hijos nacidos entonces, Mª Isabel y Jesús, se mostraban apenados, aunque los pequeños apenas habían conocido a su tío fallecido.


Asumida la circunstancia con el tiempo, aunque no el dolor, su hermana Visi se encargó de intentar recomponer algunas piezas de la vida de su hermano, solicitó catorce días después al Banco de Bilbao que le entregaran los escasos ahorros que tenía en su cuenta de 1.027,14 pesetas, poco para un hombre que vivía sólo, pero normal para un hombre que le gustaba disfrutar de la vida y que con su modesto sueldo se quería privar de lo menos posible. Los del banco antes de soltar el dinero pidieron un montón de papeles y la autorización de su hermana desde Argentina.


La Visi que tenía que recurrir al secretario del pueblo para que le ayudara con todos estos papeleos que le ocuparon varios años, como consta en esta confirmación de últimas voluntades que le fue entregado el 31 de marzo de 1949, casi dos años después. Terminadas las gestiones se ponía fin a una parte de la vida de Casildo, de la que poco se supo y de la que no quedó ningún recuerdo, ninguna llamada desde allí recordándolo, tan sólo las fotos que de vez en cuando mandaba a sus hermanos al pueblo de Leache diciéndoles que se encontraba bien y que se acordaba mucho de ellos.

viernes, 7 de junio de 2013

Sin y con



Pedro y Maite, son grandes, y más ahora. Por fin, después de algún tiempo uno es sin y otra es con. Pedro Ignacio acaba hace poquitos días de volver a quirófano para quitarse una hernia, los últimos años no han sido muy agradables para él y los hospitales, pero por fin ya es un sin hernia y sin hospitales. Maite recientemente ha empezado a currar, después de un largo período en el paro, que no es agradable para nadie, pero el tiempo todo lo recupera y ahora ya es una con trabajo y con ilusión.


Una pareja que se lo merece, y a la que nos unen unos cuantos años ya de conocernos como novios, como profesora, como camarero, con hijos, sin hijos, compartiendo curro o con el corazón en la mano en un quirófano. Todo pasa y todo llega, y ya es hora de disfrutar de los sin y de los con.


Seguro que pronto nos vemos y podemos recuperar celebraciones perdidas en los huecos en los que nos dejen nuestros cuatro infantes, pero hay mucho que celebrar. Prometo mucho con y espero que sin resaca, que ya no somos tan jóvenes.

lunes, 6 de mayo de 2013

Pezqueñines, ¡no, gracias!, pero con mercurio lo que quieras



Después de ver ayer el programa de Salvados ¿Qué comemos? se me encoge el cuerpo. Uno se cree que está informado y que aunque vivamos en un estado corrupto y con una casta política que sólo vive para sus intereses propios, temas como la salud y la alimentación son intocables, y hay organismos competentes que se encargan de velar por ellas y de informarnos de los peligros posibles para nuestra alimentación y salud. Pero por desgracia no es así, nos están envenenando a nosotros y a nuestros hijos sin informarnos y sin alertarnos de los problemas que tienen algunos alimentos.


Todos recordamos desde mediados de los años 80 una campaña que nos informaba que no teníamos que comer peces pezqueñines, que siendo muy beneficiosa para evitar acabar con los pescados en nuestros mares, no es perjudicial para nuestra salud. Pero alguien ha visto alguna vez una campaña que nos informe que no se puede comer nada, y digo nada, de atún rojo, pez espada o pescados grandes en mujeres embarazadas o que quieran quedarse embarazadas, ni en niños hasta 3 años, y que hasta los 12 años no deben superarse 50 gramos semanales de estos pescados. Ni la hemos visto esta campaña, ni posiblemente la veremos.


El mercurio es un metal pesado que se encuentra de forma natural en suelo, agua, plantas y animales. La actividad del hombre, al incinerar residuos, al usar combustibles o al hacer funcionar las industrias, multiplica exponencialmente la presencia de mercurio en el medio ambiente.


El mercurio llega al pescado a través de su alimentación, de forma que los peces más grandes, los más depredadores son los que acumulan mayor cantidad de mercurio en sus tejidos grasos y que son incapaces de eliminar de sus organismos. Cuando estos peces llegan a nuestros platos llevan una alta dosis de mercurio.


La toxicidad del mercurio es muy alta, según la Organización Mundial de la Salud, uno de sus compuestos orgánicos, el metilmercurio, es uno de los 6 compuestos químicos más peligrosos. Los efectos que pueden producir el consumo de estos pescados y el mercurio inducen a efectos tóxicos en el sistema nervioso, riñones, hígado y órganos reproductivos, y su mayor riesgo es el neurotóxico. En los niños y embarazos es de especial cuidado por sus problemas neuronales. Sólo de pensar que hasta hace pocos días el pescado emperador era el que más le gustaba a mi niña que todavía no ha cumplido dos años me pongo malo.


En el marisco la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) hace la siguiente recomendación al igual que con los peces grandes y el mercurio: limitar el consumo de la carne oscura localizada en la cabeza de gambas, cangrejos, centollos y similares. Con lo que le gusta a la gente chupar las cabezas de las gambas y muchos de ellos sin saber que están ingiriendo altas dosis de cadmio.


El cuerpo humano no es capaz de asimilar el cadmio y tiende a acumularse en el organismo sin poder ser desechado, especialmente en el hígado y el riñón. Se tardan entre 10 y 30 años en eliminar las dosis de cadmio. La acumulación de altos niveles de cadmio puede provocar disfunción renal, desmineralización de los huesos y, a largo plazo, cáncer.


Las espinacas tampoco se libran de la contaminación y no son recomendables para los menores de 1 año. Y sólo en caso de incluir esta verdura en la papilla, no debería superar el 20% de los ingredientes. El problema son los nitratos, uno de los componentes principales en los fertilizantes y abonos. Hacen que las plantas crezcan más rápido, en sí, no son tóxicos, el problema es que nuestro organismo los trasforma en nitritos y éstos si que son peligrosos, hacen que circule menos oxígeno en nuestro organismo y en combinación con otros aminoacidos puede provocar efectos cancerígenos.


Conociendo ahora el problema de las espinacas para la infancia y que no se informe a la población de estos riesgos, seguro que por no alarmar aunque esté en riesgo nuestra salud, me choca toda la publicidad de estas verduras que se hacía en mi infancia de esta verdura gracias al personaje de Popeye. La pregunta sería el por qué no se hacen campañas similares para desaconsejar el consumo de determinados productos, olvidando los intereses económicos y dándonos cuenta que lo verdaderamente importante son nuestras vidas.


Con las acelgas, un plato muy típico de Aragón, también sucede lo mismo que con las espinacas. En la conciencia que la verdura es buena para nuestra salud, no nos damos cuenta que nos estamos envenenando poco a poco. Fundamentalmente por la combinación de venenos que ingerimos en todos nuestros alimentos, individualmente son pocas cantidades, pero si sumásemos todas las partículas tóxicas que consumimos todos los días, tal vez nos daríamos un gran disgusto. Por contra si que nos marcan las calorías de los productos y los hidratos de carbono, pero no sus riesgos tóxicos, para eso tenemos que ser universitarios.


Os dejo con el programa de Salvados para que saquéis vuestras propias conclusiones, pero una es bien clara, sólo nos informan de lo que quieren, que las cosas suceden es lógico, pero que nosotros podamos tomar nuestras decisiones informados es un derecho por el que deberían velar nuestros gobiernos, aunque ya veo que no es así. Fenomenal labor la que realiza Jordi Évole todos los domingos, destapando de una forma sincera y directa aquello que muchos quieren acallar y que no se conozca.


miércoles, 17 de abril de 2013

El viento a favor



Es muy temprano, pero no lo puedo evitar. Paso el dedo por la pantalla del iPhone y abro el WhatsApp.  Me pienso lo que escribir y tras pensar cómo podría dar más ánimo, tipeo:
›› Mucha fuerza
›› Muchas gracias. Ya estamos aquí. A ver si todo sale bien. Un abrazo. —recibo como contestación—
Hoy era el día clave, el día donde te lo juegas todo, era el día que sigue al de los abrazos cuando el viento sopla fuerte.


Hoy era el día en el que te cambia la vida, en este caso la de mi amigo Josema, en cierta medida la mía un poco. Después de detectar un bulto nada bueno en el pecho de su mujer Cristina María (añado lo de María pues lo he descubierto hoy gracias a su ficha médica). Hasta hoy los miedos eran libres, vagaban a su antojo entre los difícilmente reconciliables sueños. La incertidumbre te hace ver lo que no quieres ver y aunque deseas saber cuanto antes contra lo que te enfrentas, por un momento te gustaría no ser protagonista de ese día por una vez. Las puertas del quirófano se abren. Las puertas del quirófano se cierran. La próxima vez que se abran será para cambiar un futuro.


Dentro los cirujanos cortan, cosen, analizan, comprueban. Fuera se espera, se desespera, se intenta entretener a un amigo, se habla de lo humano y lo mundano, pero las piernas no paran de temblar y los gestos siempre delatan incertidumbre.  Por los pasillos las camas van y vienen con gente que se enfrenta a un reto vital, a su reto. Dentro los cirujanos cortan, cosen, analizan y no se paran a pensar en los sentimientos que hay en juego, no pueden permitírselo. Fuera todo se hace largo, las horas pasan y cada vez que una puerta se abre el corazón se encoje. Las camas y las batas verdes siguen pasando.


Después de un rato de esperas eternas, de nervios que se controlan con risas falsas y de no querer creer lo que puede ser, Josema se levanta como un resorte, la médico cirujana está en la puerta. El corazón en un puño, apenas me puedo mover de mi asiento, agudizo mi oído por intentar escuchar lo que no quiero preguntar. Las primeras palabras las puedo leer en los labios de la doctora, "todo muy bien", siento como toda la tensión se me cae de golpe que me deja casi vació. La doctora sigue, después de quitar lo malo parece que no había nada más dañado. Hemos oído lo que queríamos oír, pero las dudas no se van tan rápido. La doctora se va, y todos nos alegramos por fuera y nos desmoronamos un poco por dentro de la tensión acumulada.


El viento ha querido soplar a favor. La vida ha querido que el futuro se escriba en el mismo libro y con la misma tinta de cada día. En un segundo todo ha cambiado, a mejor, para seguir igual de bien que antes. La ciencia y el hombre, su lucha eterna por vengar a la muerte, nos tienen ahora casi llorando de alegría. Esperar a que salga ahora Cristina María en su cama es lo único que deseamos. Ahora si que el tiempo pasa muy lento. Todavía pasa más de una hora y media hasta que la podemos ver. Su sonrisa nos confirma a todos que está bien. Por fin, todo está bien.


Es la lucha de todas esas mujeres, auténticas superhéroes del día a día, que conviven palpándose sus pechos en busca de lo que no querrían encontrarse. Esas mujeres que sacan fuerzas de donde no las tienen y aplican la resiliencia de una forma innata y natural. Llorar, lloran, como todos. Luchar, luchan, como sólo ellas saben. No es cuestión de géneros, sólo es una forma diferente de ver la vida, mucho más vital, más cercana a la tierra. Heridas, pero no vencidas. Mientras el viento golpeaba fuerte, Cristina ajustaba sus velas esperando que el viento soplara a favor. Vuestra alegría es mi alegría, amigos.

Gracias Bunbury por cantar lo que nunca podría haber dicho mejor, que sople el viento, pero siempre a favor. Y si te acompaña Nacho Vegas mucho mejor.



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