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lunes, 28 de octubre de 2013

Bricomanía de verano



Cuando llegamos este verano a la casa de Asturias nos encontramos con una desagradable sorpresa, debido a las lluvias y los vientos de la primavera, el tejado de la caseta y el de la leñera se habían visto resentidos, en alguna parte se habían volado y por lo tanto el agua había entrado a mojar el aglomerado del tejado, y en la leñera la poca inclinación también había hecho alguna gotera. Tocaba ponerse en verano manos a la obra y emular a los programas de bricomanía.


Primero decidir cual sería el sistema que empleaba para dejar un tejado mucho más resistente. Me visité todos los centros de bricolaje y miré y revisé todas las posibilidades. Al final me decanté por la tégola por precio ya que con otros sistemas desperdiciaba mucho material en mis medidas y me costaba más del doble.


Así que muy a mi pesar que me hubiera gustado descansar y no ponerme manos a la obra, me puse a reparar los tejados, levanté la leñera en la parte de atrás unos 10 centímetros lo que hizo que la inclinación aumentara, además de cambiar todas las maderas de los tejados ya que se habían humedecido y no servían para casi nada.


Así es como quedó al final, por suerte los días de trabajo el tiempo aguantó y no hizo mucho sol y tampoco llovió. La prueba de fuego fue a los pocos días en las que calló una tormenta de verano y el resultado fue satisfactorio. Cada día me parezco más a mi padre y no hay verano en el que no haga algo de bricomanía.

viernes, 5 de abril de 2013

Tetris de leña



Al recorrer las calles de muchos pueblos te encuentras leña amontonada para las chimeneas y las cocinas económicas. Siempre me ha impresionado esa curiosa magia que se produce al colocar un montón de troncos sueltos que hacen un total con una maravilloso equilibrio anárquico. Cada tronco parece encajar en un total imposible de repetir en otro momento.


Además lo mejor es que si lo miras de frente parece una cosa y tiene una imagen, pero si avanzas un poco te das cuenta que no todo es lo que parece.


Desde los laterales te das cuenta que lo que parecía un montón de leña se convierte en todo un montonazo de leña colocado en escaleras. Curioso tetris de leña.

martes, 22 de enero de 2013

Televisión de blanco y negro en colores mágicos



Antes, y cuando digo antes me refiero finales de los setenta y comienzos de los 80, proliferaban por las casas unas revistas de venta por catálogo que ofrecían cosas maravillosas, casi mágicas. Desde cualquier utensilio de cocina para hacer el corte más insospechado hasta unas gafas que prometían ver más allá de las blusas de las mujeres. Por casualidad mi padre la ojeó un día y descubrió algo que le pareció increíble, prometían convertir nuestra televisión en blanco y negro en una televisión a color y a un precio asequible. Ni corto ni perezoso mi padre rellenó el cupón ante la reprimenda de mi madre por dejarse engañar de esa manera. A las pocas semanas llegó el invento mágico a casa.


Abrirlo se convirtió en todo un acontecimiento, parecía un rollo grande de papel y ninguno sabíamos donde estaría la lámpara maravillosa que colocándola hiciera surgir el color. Al abrirlo mi padre se desenrolló un trozo de acetato o plástico más o menos rígido que tenía tintada toda su superficie con un degradado de colores. Arriba azules, en medio rojos y debajo verdes. Se colocaba delante de la tele y así conseguían el milagro prometido de la televisión a color.


Nuestros ojos de niños se llevaron una profunda decepción y más cuando vimos como se adhería al televisor, por medio de celos colocados alrededor de todo su perímetro y que más de una vez, por el calor, hicieron desprenderse al invento mágico hacia el suelo en mitad de una película. Nada más instalarlo esperamos para ver nuestra primera película o serie en color.


Nos sentábamos mi hermano y yo en nuestro sofá de sky cuyos reposabrazos nos obsesionaba pincharlos con un tenedor y nuestra madre tenía que taparlos con un paño de punto en cruz, estábamos con nuestros pijamas celestes y con gomas. Había que reconocer que desde lejos el invento daba el pego, la tele ya no se veía en blanco y negro, se veía con un efecto tribanda del que al rato te olvidabas y no te extrañabas de que una carretera fuera verde, o de que el techo de una oficina fuera siempre azul.


Con aquel invento, que aún aguanto algunos años sobre el televisor encelado, pasaron un montón de series y películas de vaqueros, Speddys Gonzalez y Calimeros, y todos se veían igual, azules por arriba, rojos por el medio y verdes por debajo. Ahora, pasado el tiempo extraño aquellas revistas con sus inventos mágicos que todo lo resolvían, y también extraño mucho aquel sofá y las bolisas de aquellos pijamas con las que jugábamos viendo Las calles de San Francisco o Star Treck.

viernes, 11 de enero de 2013

Más madera que es invierno



Durante estas Navidades tocaba reponer de madera la leñera de nuestra casa de Llanes. Hasta ahora nos habíamos apañado con leña que había ido trayendo desde Zaragoza y algún que otro saco que había comprado por la zona, así que tocó informarme de quien vendía leña, puse la mejor de mis caras y en el primer día de compra le pregunté a la cajera del Alimerka, tras un sí, y un no, y un tal vez, conseguí que me dieran el teléfono de un tal Agustín. La aventura de la leña comenzaba.


- Sí, dígame, contestaron al otro lado del teléfono.
- ¿Agustín?, pregunté.
- Sí, calla que no oigo (parecía que le decía a alguien), Sí, soy yo, contestó Agustín.
- Mira, es que me han dicho que vendes leña, afirmé sin tenerlo claro del todo.
- Pues claro, ¿cuánto necesitas?, me preguntó.
- Pues no sé, ¿cómo la vendes?, pregunté a su pregunta.
- ¿Cuántos metros cúbicos necesitas?, me volvió a preguntar Agustín.
- Ufff, ufff, resoplé intentando recordar cuanto espacio era un metro cúbico.
- A ver, yo tengo una furgoneta y entran unos cinco metros cúbicos, es roble y seca, bien seca, afirmó Agustín al notar mi silencio.
- ¿Y eso cuántos kilos son?, pregunté
- Pues unos 3.000 kilos, más o menos, aseguró con dudas Agustín.
- Eso es mucho, ¿no?, respondí asustado
- Pero es que te sale mejor, pero si quieres te traigo menos, dijo el maderero.
- ¿Y cuánto valen? pregunté
- Son 310 euros toda la carga, dijo rotundo Agustín
- Pues sean los cinco metros cúbicos, respondí con grandes dudas.

Continuamos la conversación dándole los datos de donde estaba, y a las pocas horas, sobre las 12 de la mañana una furgoneta entraba por la puerta y soltaba toda la carga sobre el jardín. Apretaba la mano de Agustín, un gran hombre que también se hubiera podido medir por metros cúbicos y comencé a sudar sólo de pensar la mañana que me esperaba llevando troncos a mano hasta la leñera que se encontraba al fondo, ni una carretilla tenía para ayudarme, así que empecé al grito de más madera.


Abrí el coche, bajé las ventanillas y puse la música a tope. Comprobé que la madera de roble pesaba lo suyo y los troncos tenían su tamaño y peso. Un viaje. Dos viajes. Tres viajes. Cuatro viajes. Miré lo que había hecho, resoplé pensando todo lo que me quedaba delante. Mientras canciones de Doctor Deseo animaban mis pasos.


Continué con los viajes. Los primeros calores comenzaron, la manga corta era ya prenda suficiente con el abrigo. No se cuantos viajes llevaba y tan sólo había cubierto una de las caras. Ahora tocaba comenzar a rellenar con troncos la parte de adelante. Resoplé al compás de una canción de Bunbury que hablaba del final cuando yo no había hecho más que comenzar.


De la leñera a los troncos, uno en una mano, otro en la otra, otro en el antebrazo y otro apoyado sobre el que apoya en el antebrazo, ahora camino a la leñera intentando llegar en equilibrio, aceleré los últimos pasos, soplido de alivio, pero demasiado prematuro. Uno de los troncos se resbala y cae directamente sobre los dedos de mi pié. Grito con insulto contenido mientras el sudor cae y Amaral canta a los chicos de su barrio. Cómo duele el pié.


Otra vez para aquí y otra para allá. Paro un segundo, ya he conseguido acabar una parte. Me pregunto cuántos metros cúbicos llevaré. Miró con el ojo libre al montón de leña y observo a mi pesar que poco ha bajado de volumen. Me entristezco y paso de sacar cuentas, Enrique Urquijo canta y me hace cantar,  por suerte en voz baja, que no quiero que llueva.


El sudor hace acto de presencia y los primeros dolores de brazo, la corteza de los troncos también hace lo suyo. Un buen sorbo de una botella de agua y a seguir, no sin antes resoplar un par de veces volviendo a ver el montón de leña que queda. Ahora Quique González me anima con el estribillo de la ciudad del viento, una buena manera de enganchar otros troncos.


Poco a poco la leñera va subiendo. La parte de atrás va desapareciendo, pero todavía queda mucho. June me ayuda llevando alguna ramita que encuentra en el suelo a la leñera, no puedo por menos que reírme. Paro a atarme los cordones, todavía me duelen los dedos del tronco que me ha caído antes. Aprovecho y bebo un poco de agua. El sudor ya es considerable y desde las ventanillas del coche Manolo García se apodera de la mañana que ya se ha convertido en mediodía.


Sigo a lo mío reconociendo que los brazos cada vez pesan más. June sigue con sus ramitas. El hambre comienza a aparecer pero no quiero parar hasta acabar. Los viajes cada vez son más lentos y la leñera parece enorme. Me paro un momento y creo que ya llevaré algo más de la mitad, pero el montón de leña no parece decir lo mismo, para mi que cuando me doy la vuelta vuelve Agustín y me hecha otra carga de metros cúbicos de regalito.


Sin embargo ahora cada vez los viajes se notan un poco más, parece que lo empiezo a tener controlado. Para a beber un poco de agua y me llaman a comer, pero no quiero parar, sólo quiero acabar. Mis riñones no piensan lo mismo, un cuerpo acostumbrado a la silla de ruedas y a mirar un ordenador y libros casi todo el día, tiene poco que ver con llevar troncos de un lado a otro.


Por fin he conseguido acabar. Ahora ya sé que cinco metros cúbicos no llenan toda la leñera todavía me entrarían dos más. Por suerte la furgoneta de Agustín sólo era de cinco. Contemplo la leñera con los brazos en jarra, sujetándome los riñones y sacudiendo el polvo de los pantalones. Es diciembre pero el día es estupendo o yo he conseguido calentar bien los motores. Me marcho a comer que me lo he ganado. En la chimenea los primeros troncos de roble arden calentando el salón.


Después de varias horas salgo a ver la leñera. La miro y la miro alegrándome del trabajo ya hecho. Barro un poco el suelo y me acerco a cerrar el coche que se había quedado con las ventanillas bajadas. Horror, horror, horror. El coche se ha quedado sin batería, a la vez que tenía puesta la música me había dejado las luces en automático. Ahora me viene a la cabeza que dejé de oír la música de repente. Horror, horror, horror. Llamar a la grúa y esperar.


Después de un día tan duro, miro las hojas que el otoño ha dejado sobre el césped y que me tocará recoger mañana. Las miro y mientras espero la salvación de la grúa me digo a mi mismo que mañana lo haré sin música. Es invierno, pero no lo parece, más madera para el coche.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Autorretrato barroco



Pasaba casi todos los días del fin de semana por delante de él, pero ni lo miraba, él por contra sí. Me seguía los pasos en silencio, pasos que llevaba siguiendo desde hace mucho tiempo. Era mi reflejo en su marco barroco, con su engalanado color dorado y en su brillo, su prudencia. Por casualidad, a la salida de la cocina en la casa de Anguiano, me di cuenta que estaba ahí, justo enfrente de la puerta, había pasado no una, miles de veces delante suyo y ni lo había mirado. Era el espejo que antes ocupó un sitio en mi infancia en la casa de Zaragoza.


Estaba justo encima del taquillón que custodiaban un quinqué y un jarrón con flores de tela, sobre una pared forrada con un papel de textura de tela verde cruzado por líneas que viajaban del suelo al techo. Mi estatura de niño lo miraba de abajo a arriba, en perspectiva, apoyaba mis manos y la barbilla sobre el frío mármol que cubría el taquillón y me quedaba mirando sus florituras y adornos en silencio. Arriba del todo creía ver a un chino mandarín sentado sobre una "C" invertida, era como el de las cajas de los flanes de "El Mandarín", y me quedaba observándolo esperando que en algún momento se moviera.


Él nos vio crecer a mi hermano y a mi, nos vio salir todas las mañanas al colegio mientras nuestra madre nos peinaba a la raya, nos vio llegar con el pelo mojado por la lluvia, nos vio saltar sobre el sofá cuando nuestros padres no estaban en casa, nos vio llorar y nos vio reír, nos acompañó mientras crecíamos, viajó de una planta a otra de la casa, hasta que un día desapareció para dejar hueco a otro taquillón y a otro espejo más grande y con menos recuerdos. Mi madre lo repintó con dorados pinceles y lo llevó exiliado a nuevas tierras, ahí cada vez que nos ve, sonríe de nuevo, recordando lo que fue y olvidándose de los días que aguanta la soledad del mismo reflejo que no se mueve. El otro lo vi, y me acordé, como él, que en su reflejo está también el mío.

martes, 27 de noviembre de 2012

Arte a golpes



En la plaza los ecos de un cincel resuenan con metódica insistencia. Frente a mi un escultor, frente a una piedra un hombre que ve algo que los demás no vemos. A los golpes les siguen los ojos y la piedra espera a desnudar lo que lleva dentro. El escultor arranca lo que sobra de la piedra y sólo él, y nadie más que él, sabe lo que guarda oculto dentro de su pétreo corazón.


Gira el hombre, golpea la maceta al escoplo y escupe la piedra. Vuelve a girar el artista, mira y remira, ve algo que antes no había visto. Golpea. Por un segundo la piedra calle y la gente escucha.


Me quedo mirando, atónito, envidioso, me maravilla lo que el escultor es capaz de hacer, como doma a esa roca para conseguir lo que quiere. Cambia de buril como de mano, y sus puntas obedecen a los golpes sin pestañear.


Una nubecilla de polvo todo lo inunda. Al fondo los cinceles esperan para trabajar. En la plaza sigue el eco del martillo contra el hierro, del hierro contra la caliza.


Todos nos quedamos asombrados viendo como de los golpes nacen animales mitológicos. Mientras siguen los golpes el escultor extrae de la piedra su belleza en una mañana con el arte a golpes.

lunes, 29 de octubre de 2012

La trastienda de los puestos



Mientras la gente, con lo mejor de sus familias, desfilaba, ataviada con trajes regionales, ropa de abrigo y regalos de colores, por las céntricas calles de una Zaragoza en Fiestas del Pilar, parapetados en los soportales los puestos con collares, pulseras, cuadros e infinidad de detalles se exhibían en un escaparate ambulante, mostrando por delante lo mejor de ellos mismos, y por detrás, la tristeza de su trastienda ambulante.


Los collares sobre conos truncados negros, no evitaban poder ver las bolsas de basura, cajas y plásticos a merced del viento. Los baturros miraban la bisutería a distancia, y el vendedor los atendía con su horrendo pantalón de chandal y calzado con unas chanclas playeras.


Los menos madrugadores comenzaban a montar el puesto a la española, una trabajando y siete mirando. En breves segundos montan su escaparate, con esterillas de persianas y un montón de productos que salen de unos carros de compra, que por momentos, parecen mágicos. Caras sin dormir, gafas de sol, ojeras al viento y trenzas de colores dispuestas a venderlo todo.


Los productos miran a los peatones. Bolsos, carteras y fundas de móvil buscando dueño, en soledad, a merced del viento, o mejor dicho, a merced del dinero. Por la acera la gente pasa soltando miradas, buscando encontrar un detalle, un recuerdo, ese regalo inesperado, esa compra que se pierde en el fondo de un cajón.


Con cariño y paciencia, se ordenan trenecitos con nombres y letras, palabras al azar en busca de dueño, con un tren llamado Pilar en primera línea. La gente mira y mira, pero casi nadie pregunta ¿cuánto?, la palabra mágica que puede abrir una venta. En la espera, paciencia y trabajo de artesanía de la vendedora, que acaba trenes que tendrán más salida en la tarde-noche.


Más abajo, detrás de otros puestos y frente al quiosco, el hombre orquesta se prepara. Ecualizador, altavoces y más bultos comienzan a desembalarse. Hay que dejarlo todo preparado para el sonido de las  flautas andinas y canciones folclóricas que se abrirán paso a la tarde. Detrás de los puestos más bultos y bolsas ocultas para los ojos de los compradores.


La gente continua de un lado a otro, multitud de gente atareada con sus cosas y agarrada a su familia que ha venido de visita. Detrás del puesto de collares y pulseras de hilo, dos hombres sentados y una mujer trabajando. Los tres de pelo negro estirado y largas coletas, los tres de negro, los tres soñando con su hogar.


Los relojes marcan la hora y su dueño los pinta, como si estuviera solo en su habitación, ajeno al ruido y el bullicio. Con su arte dibuja logos de Ferrari, Ches y Bob Marley's en busca de dueño. Su manta, sin poner, las cajas sin abrir, pero la inspiración cuando llega, llega, aunque sea sentado en un taburete de juguete.


Ya casi al final, un asiático con cachirulo al cuello, muestra sus cuadros de nombres con letras de vivos colores y dibujos caligráficos. Sobre su silla diminuta mueve los pinceles buscando un dueño que alquile sus manos. Mientras todos siguen a su fiesta un montón de pequeños artesanos y grandes artistas venden sus manualidades entre los soportales de una ciudad en la que muestran su trastienda.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Mi segunda casa



Todas las mañanas mis lagartijas me están esperando en el porche de la casa de Asturias. Aguantan sin moverse, crucificadas sobre el madero con cuatro tornillos pasantes apretados con saña. Atacadas por arañas que les tejen hilillos durante la noche para que llegue yo a primer hora y de un manotazo arrase con tanto trabajo nocturno. Así empiezan las mañanas en mi casa de Asturias, mi segunda casa.


A un lado la zona más soleada de la casa, orientada al sur, con un jardín invadido por hierbas extrañas de puntiagudos cuerpos y raíces eternas, que me obstino en erradicar y cada vez van ampliando su reinado, pese a que con el cortacésped las decapito en cuanto levantan la cabeza. Las madreselvas crecen exultantes aunque entre ellas, de vez en cuando, se cuelan largas zarzas de finos pinchos que se camuflan entre ellas, aunque alguna vez traen de regalo ricas moras.


La zona del porche está más protegida del sol y de la lluvia. Allí descansan las tumbonas, que rara vez solemos usar, pues o bien estamos haciendo cosas en casa o bien estamos en la playa. El castaño ayuda dando una sombra que siempre es bien agradecida. Debajo del porche la mesa de comilonas y tertulias, portaaviones de moscas en busca de alimento y faro de velas en la noche. A un lado tirada la piscina olímpica de June que se defiende de la noche durmiendo boca abajo.


En la parte de atrás el mini cobertizo convertido en vivienda dúplex para nuestros dos gatos y la leñera que se convierte en un "guardaunpocodetodo", allí descansa el cortacésped y otras sillas que se dejan airear por el fresco de la noche y la brisa de la mañana. A la derecha junto a los troncos que todavía duran de la chopera de Anguiano de mi padre, está la bici, apoyada sobre el azul de la pared con su radiante color ciruela, esperando a que la saque a pasear un poco.


La campana inmisericorde, espera a que mi malvada mano la agite en el punto de la mañana. Ese toque tan molesto y agudo que los invitados a casa conocen bien, y que marca el comienzo del desayuno mañanero. El resto del día, aguanta colgada, sin decir ni "tilín", a no ser que algún atrevido ose romper el sagrado descanso de la siesta cuando se puede realizar.


Las hortensias este año han lucido esplendorosas, cierto es que cuando llegamos estaban más mustias que mustias, pero el agua de riego, en un verano tan seco, y las conversaciones alrededor de la mesa, sacaron lo mejor de ellas, unos rosas fulgurantes que poco a poco fueron desapareciendo, casi sin darnos cuenta.


El carro tuneado, heredado de June de sus primos vitorianos, iba de un lado a otro, y de un otro a un uno, la combinación de cuco y carro no hacían muy buenas migas por mucho que el fabricante así lo dijera, pero hacia su buena labor de paseo matutino y vespertino.


La boca de dragón de serpiente bífida doblada miraba al jardín sin escupir ni fuego ni agua, mucho tiempo a que el agua no surcaba por su garganta, momento que aprovechaban de nuevo las afanadas arañas para tejer entre su morro finas trampas para su despensa.


En el cobertizo, la luz farol se había convertido en guía, y al comienzo de la noche cumplía su tarea con una eficacia enigmática, atrayendo hacia sí, a múltiples bichitos que arrastrados por su luz se juntaban con otros muchos y allí montaban su juerga nocturna.


Al final, comenzaba a echarse la noche, y sobre el porche las luces alumbraban un nuevo momento. La temperatura, afortunadamente, bajaba y el silencio del anochecer se convertía en un momento precioso, lleno de paz y de tranquilidad.


Con esta serie concluyo mis recuerdos del verano, ya lejano, pero que todavía siento muy cerca. Mientras, tan sólo espero ver cuando llega el momento en que pueda volver para hacer sonar mi campana y quitarle las telarañas a mis lagartijas. Hasta pronto, mi segunda casa.

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