viernes, 2 de agosto de 2013

En un segundo, la muerte



Era el día de Santiago, un día de aniversarios que se convirtió en un día de carreteras, de mañanas de partida y de tardes de encontrar destino. Fue un día de calor, de los que levantan el asfalto mientras la gente conduce a sus destinos, unos en los trabajos del día a día, y otros en los placeres que les aguantan sus bolsillos. Desde Zaragoza hasta Anguiano viajé con la soledad que dan cuatro asientos vacíos y la compañía de mis canciones. Cada kilómetro pasaba al compás de versos y guitarras que acaban con estribillos que eran imposibles de no ser chafados por mi maltrecha voz de cantante. En el cuentakilómetros, mesura, principalmente la que da el ser padre, aunque también el miedo a salir en alguna foto donde uno nunca quiere ser protagonista.


Llegaba a Anguiano cuando el sol se encontraba en lo más alto, aunque su calor se hacía sentir bien cerca, el pueblo se notaba resacoso, tras el último día de fiestas. El sol golpeaba sobre las paredes de las casas, todas las ventanas permanecían calladas, mudas, como ignorando el día que había llegado. Fuera el silencio era raro, desconocido en un día normal. Por las cunetas restos de batallas con sabor alcohol. Me abría paso por las calles de un pueblo entre su silencio mientras la música me seguía acompañando para ir a recoger a mis chicas que se habían quedado descansando, o intentándolo, unos días en el pueblo. Después de reponer un poco fuerzas y con el corazón subido por los gritos de alegría y de emoción de mi hija recibiéndome a los gritos de —"Papiii, papiiii, papi,…""—, y con el sabor del café con hielo todavía en la boca, cargamos el coche rumbo a nuestra Asturias.


El sol seguía pegando, si cabe, con más fuerza, lo que obligaba a gestionar la carga del maletero con celeridad. Todos montados, bien atados y ahora sin música, lanzábamos besos por la ventanilla mientras decíamos adiós a los abuelos que se quedaban. Salíamos de Anguiano bastante antes de dar las tres de la tarde, y lo dejábamos como lo había encontrado en silencio y con un sol que te hace apartar la vista allá donde mires. Empezábamos un camino con las curvas de siempre y acunando a mis niñas al son de las vueltas y el ruido del coche. Pasamos Nájera rumbo hacia Cenicero para coger la autopista a Bilbao. Las dos niñas ya dormían sobre sus sillas de viaje. Fuera parecía existír un infierno, pero dentro del coche el aire acondicionado todo lo perdonaba.


Al tomar la curva que marca el desvío en Cenicero, a media distancia ví a un agente de la Guardia Civil en moto, e instintivamente levante el pie del acelerador, aunque iba bien, pero el gesto es inevitablemente automático. Le seguí con la mirada por ver que ruta llevaba, y era nuestro camino, pero lo perdí cuando adelantó a un coche, y mientras miraba esto, en la misma milésima de segundo, se paró el tiempo, una llamarada inmensa como la de las películas brotó desde donde estaba mirando, la acompañaron dos explosiones de fuego que como crecían se desvanecían. Todos que estábamos allí nos quedamos congelados durante unos segundos, apretando las manos a los volantes y pisando el freno, —"¡La moto, la moto!"— grité con una posesa voz de desesperación. Ana a mi lado se asustó y casi comenzó a temblar, y mientras justo atinaba a coger el móvil para llamar al 112, yo apartaba el coche al final de una gasolinera que estaba 200 metros antes del accidente.


Dejé a Ana gritando con desesperación a los de emergencias pidiendo ayuda y bajé del coche corriendo hacia el accidente, al igual que todos los que estábamos allí, que un principio apenas éramos cuatro coches y algún camión. Al llegar a la escena me encontré con una furgoneta blanca de una fábrica de maderas o cerramientos, con todo el frontal derecho destrozado, la puerta abierta, el airbag desinflado, cristales, fuego y gotas de sangre que marcaban la tragedia. Un humo blanco incesante surgía del motor, el fuego se propagaba por las zarzas del lateral que por suerte un medio murete, que separaba las vías del tren de la carretera, protegía de un incendio mayor. Di la vuelta a la furgoneta buscando la moto, pero no la veía, no parecía ser el amasijo de hierros que se había fundido con la furgoneta, pero otras partes se encontraban hechas añicos por toda la carretera y la cuneta. No pude evitar gritar —"¿La moto? ¡Había una moto!"—, a lo que alguno de los que había llegado antes a la escena me respondieron que había saltado el muro. Sorteé como pude el quitamiedos y me subí sobre el muro.


Lo que vi me dejó helado, sobre las vías del tren el cuerpo del Guardia Civil de Tráfico yacía desvencijado, hecho un ovillo de miembros rotos. De su chaqueta de verdes fluorescentes y verdes oscuros todavía salía alguna llama. El silencio de los segundos era eterno, —"está muerto, está muerto"— decían algunos mientras movían la cabeza de un lado a otro con claro gesto de pesimismo. Algunos habían conseguido sortear el muro por otro lado y se acercaban al cuerpo del agente, uno de ellos le buscó el pulso en el cuello, y no lo encontró, el otro intentaba apagar el fuego de su cuerpo. Los primeros que habían llegado a la escena se preguntaban dónde estaba el otro agente motorizado que había pasado antes y no volvía al no ver la presencia de su compañero. Yo seguía helado, como sin sangre, había visto como en un segundo había llegado la muerte delante de mis ojos, había sido sólo un segundo, el suficiente para que le cambie la vida a una persona, a una familia. Los que habían llegado a su lado lo taparon y lo apartaron de las vías del tren, recogieron su pistola e intentaron tocar lo menos posible el cuerpo del agente muerto.


Cada vez comenzaba a llegar más gente y el barullo era mayor, algún idiota pitaba al fondo creyendo que era un atasco. Atiné a moverme, aunque lentamente, me bajé del muro y sorteé de nuevo el quitamiedos. La furgoneta seguía igual, cerca estaba el conductor que con ropa azul de trabajo y la cabeza y la mano ensangrentadas hablaba desesperadamente por el móvil. Cada vez se acercaba más gente, la curiosidad es osada y yo emprendí camino de vuelta para tranquilizar a mis chicas. En el camino de regreso, todavía seguía afectado, la gente llegaba, algunos con preguntas absurdas que pasaba de contestar, otros bajaban corriendo desde la gasolinera con extintores para sofocar el fuego. En la carretera la gente se asombraba de la escena, a los que les llegaba la noticia de la muerte del agente se sobrecogían y sus ojos se volvían acuosos, una mujer sudamericana aporreaba su desesperación al que estaba al otro lado del móvil, hablándole de un gravísimo accidente y de muchos muertos. Llegué al coche como un zombie, pero aparentando tranquilidad, consolé a June que con sus dos años no entendía bien el alboroto, pero notaba el nerviosismo de su madre.


Después de unos segundos y ya más tranquilo pero todavía sobrecogido, decidí volver a la escena, cada vez había más gente, muchos de ellos pegados a un móvil y narrando a sus familiares lo que estaban viviendo. De lejos ya veía que había llegado el compañero motorizado del agente muerto, vagaba sin rumbo intentando entender lo sucedido, aventuraba a poner algo de orden cuando ya llegó la primera ambulancia. Me crucé con un montón de gente que en sus miradas lo decían todo, no todos los días se asiste a vivir los segundos y minutos posteriores a una muerte. Un enfermero se dio cuenta de la situación del Guardia Civil que había perdido a su compañero y le invitó a controlar el tráfico de la carretera para así controlar su nerviosismo.


En segundos comenzaron a llegar nuevos agentes de la Guardia Civil que se quedaban impactados con lo que veían, también llegaron los bomberos y todos se movían con agilidad por el escenario lúgubre. El conductor de la furgoneta yacía ahora sobre la inclinación de la cuneta, doliéndose de sus heridas y juzgado por las miradas de todos que no sabían si era inocente o culpable. Nos pidieron los enfermeros taparlo, darle sombra, para evitar el sol directo del que ya nos habíamos olvidado todos. Herido grave fue trasladado con rapidez al hospital de San Pedro en Logroño. Los bomberos apagaron los últimos fuegos y los enfermeros se empezaron a hacer cargo de la situación.


Era el momento de irse, de darle la espalda a la muerte y de llevar con uno mismo la horrible visión de un accidente en directo. Al llegar a la altura de nuestro coche otros conductores ya se daban la vuelta y nosotros hicimos lo mismo. Un chico que subía y bajaba nos pidió si teníamos agua para el conductor herido y le dimos una de las botellas de la niña. Volvimos a Nájera para tomar desde más arriba el desvío a la autopista a Bilbao. A Ana se le escapan todavía algunas lágrimas y las imágenes revoloteaban en nuestras cabezas, será difícil olvidar lo que vimos. June enseguida se volvió a quedar dormida. Continuamos nuestro viaje como siempre, pero la carretera en cada curva me recordaba que en un segundo, siempre está la muerte esperando.


Al día siguiente busqué en internet algo sobre el accidente, siempre te queda la duda de qué había pasado, aunque ya de nada servía saberlo. Las noticias hablaban de José Javier Rubio Ezquerro, un agente de la Guardia Civil de 44 años, natural y vecino de Logroño, casado y con un hijo de doce años, levanté la vista y pensé en ellos, pensé en esa llamada que les contaba el resultado de ese segundo fatídico en el kilómetro 429 de la carretera N-232 a las 15,10 horas, pensé en su tristeza, pensé en su desconsuelo ante algo inesperado.


Pensé en sus caras, en su perplejidad, en sus nuevas vidas y no pude evitar sentirme triste, muy triste. Tal vez, ellos se pregunten cómo fue, cómo pasó, y yo que lo vi, se que fue en un segundo, en un mal gesto, en un error sin marcha atrás. Un segundo maldito que marca el futuro de muchos segundos sin la presencia de un padre y un marido. En un segundo, siempre está la muerte esperando.

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