martes, 31 de julio de 2012

Carteles y mensajitos 019: "pa habernos matao"



Siempre he sentido cierto tipo de atracción extraña hacia este tipo de señal de "Alta tensión. Peligro de muerte", siempre he pensado que habrá dentro que tanto peligro puede causar, a pesar de mi miedo natural, he de reconocer que me atrae, si a ello añadimos el cariño con el que el operario colocó esta señal, más todavía. El cartel bien torcido y agarrado con dos alambres, da la impresión de que en el mismo momento de colocar la señal le dio una descarga y se quedó allí tirado, al menos, que no diga que no le avisaron.


lunes, 30 de julio de 2012

Carteles y mensajitos 018: una casa de alta presión



Sobre la pared de una casa tan vieja como lo demuestra su cartel, un letrero de chapa azul y letras blancas cuyos tornillos hace mucho que fueron atornillados dice: "Servicio exclusivo en toda la casa de agua filtrada de alta presión".


Cuando menos destacan varias cosas. Primero el matiz de exclusivo, en otro tiempo esta casa rezaba con orgullo el potencial de su agua, ahora miras su fachada y poco orgullo parece que sacan los vecinos. Segundo, dice "en toda la casa", al menos no se marginaba ni al del primero, ni al del ático, lo que siempre es de agradecer. Tercero, "agua filtrada", uno se imagina como sería el agua sin filtrar ante semejante anuncio vendedor a la puerta de la casa y le dan ganas de sólo beber agua embotellada. Cuarto y último, "de alta presión", que hilillos de agua debían caer en las casas de los vecinos cuando la presión era un valor a destacar.


Allí sigue el cartel de esta casa de Zaragoza, mientras su fachada se desvencija por momentos, la placa sigue ahí, luciendo como el primer día, orgullosa de que en otros tiempos su agua fue de las mejores del barrio.

viernes, 27 de julio de 2012

Jesús, el tuerto



Tal día como hoy, entre tormentas de verano y olor a hierba recalentada por el sol fallecía mi tío Jesús en Anguiano. La muerte le llamó trabajando en el monte, al olor de la gasolina que desprendía su motosierra y acompañado de su rugido ensordecedor. Allí su corazón dijo basta, su cuerpo enjuto calló al suelo con tan sólo 56 años, en su boca su último cigarro todavía estaba caliente y su media sonrisa se desdibujó con prontitud.


Aquel verano de 1982, con tan sólo 14 años recibía el primer bofetón de la muerte de un familiar siendo consciente. Cuando llegó la noticia fue como si se parara el tiempo, miraba a mi padre buscando sus reacciones, intentando sentir lo que podría suponer la muerte de un hermano. Estaba tranquilo, o al menos lo aparentaba, aunque rápidamente buscó la soledad para preparar el viaje al pueblo mientras mi madre organizaba las maletas. Todo sucedía en silencio, con un paréntesis raro en el que el tiempo avanzaba muy lento. El viaje hacia Anguiano tenía un sabor muy distinto al de otras veces, mientras mi padre repasaba anécdotas y se lamentaba de la vida de su hermano, y de su pérdida tan temprana.

La llegada al pueblo fue extraña, el reencuentro con primos y tíos, con familiares conocidos y desconocidos, con vecinos y demás gente que al dolor se une en una mezcla de pésame institucional y cotilleo colectivo. Algunas primas nos recibieron con llanto en los ojos y abrazos efusivos. Después de secar lágrimas entre mejillas y caras curtidas, nos quedamos los de casa, en aquella casa que todavía olía a la presencia de mi tío Jesús. A la izquierda, nada más entrar en casa mi tío tenía un cuarto donde todo cabía, allí se amontonaban muebles que dejaban de usarse entre azadones y algún tomate que hacía pocos días había cogido del huerto. Redes y aperos de pesca por todos los lados, plomos y anzuelos, junto a algún chorizo y cecina picantes colgados de una cuerda que hacía equilibrios de un lado a otro del cuarto. En otra esquina una escopeta de caza con el cañón abierto sobresaliendo de una canana y cartuchos de perdigones de colores verdes y naranjas.


Un poco más adelante estaba la cocina, con una gran chimenea a la izquierda de paredes profusamente negras, fruto de largas hogueras en crudos inviernos. Junto a ella una cocinilla de gas, casi nueva, delataba lo poco que le gustaba la cocina a mi tío Jesús, al que llamaban el tuerto, por su ojo izquierdo, perdido al saltarle una esquirla de una piedra mientras trabajaba en el campo. Enfrente de la cocina un fregadero de granito, grande como si fuera una bañera. La mesa se había retirado y las sillas dispuesto alrededor de la cocina para dar asiento a familiares y visitantes. Casi sin darnos tiempo a más, mi tía Maura, animó a su hermano, y por ende a nosotros, a ver al tío que estaba arriba. Subí aquellas escaleras de granito negro y estrechas, muy estrechas, sin saber muy bien que me iba a encontrar.

Casi enfrente de las escaleras estaba el cuarto de mi tío, la puerta vuelta tapaba casi su cama que se encontraba a la derecha y pegada a la pared. Seguíamos a mi padre, mi hermano y yo, en silencio, acompañándole muy bien sin saber en qué. Cuando volví aquella puerta y ya en medio de la habitación, mi mente de niño adolescente ya no pudo olvidar lo que vio aquel día. Sobre mi tío varias mujeres y mi tía lo amortajaban entre sábanas y lienzos blancos, moviendo el cuerpo de mi tío con una naturalidad que se me hacía insoportable. La cara de mi tío era la misma, pero sin vida, sobre mi recuerdo de su cara sonriendo y medio cerrando los ojos, haciendo compañía el bueno al malo, ahora se me dibujaba otro recuerdo mucho más desagradable.

Salí en cuanto pude de aquel cuarto, sin asimilar muy bien lo que había visto, pero siendo consciente de lo que me había impactado. Después llegaron el funeral y todas esas cosas que vienen cuando alguien se muere de repente, sin avisar y sin poder digerirlo más que con el tiempo. Se marchó mi tío, al que recuerdo con su paquete de ideales en el bolsillo y en la boca un pitillo que aguantaba en la boca con increíble equilibrio, siempre asiduo del bar Avenida, de sus máquinas y de las partidas de tute, que en los pueblos siempre son de auténticos profesionales, una copa para acompañar y mucho tiempo para gastar en la soledad de una vida rota a la que siempre sabía poner una sonrisa y nada de llanto.


Muchas veces cuando paseo por las calles de Anguiano o entro en sus bares, me parece verlo todavía, como cuando veníamos en el verano al pueblo y con diez años, nunca estaba en casa, siempre estaba o trabajando o en el bar con sus compañeros de sobremesa. Desde aquel 27 de julio de 1982, jamás he podido ver a nadie que haya conocido en el tanatorio muerto, siempre he querido conservar en mi recuerdo, los gestos de vida, las imágenes compartidas que mi mente haya querido guardar, ya que por desgracia, tengo que hacer un gran esfuerzo para cuando me acuerdo de mi tío, no volver a aquel cuarto en el que entre varias mujeres lo amortajaban para decirle adiós. A mi me hubiera gustado quedarme con su sonrisa traviesa.

jueves, 26 de julio de 2012

Más de media vida



Hace un día que he celebrado el poder haber conocido a la persona con la que ya he compartido más de media vida, 23 años que comenzaron una noche antes del día de Santiago, con las estrellas repujando un cielo al sudor del verano, mientras los altavoces del bar distorsionaban el silencio de la noche que interrumpían a coro la juerga de un pueblo que despedía sus fiestas. Tan sólo necesitamos compartir palabras, miradas y ganas de descubrir para saber que el brillo de esos ojos que me miraban no lo había visto nunca.

Al día siguiente, mientras el autobús rugía con sus motores contaminándolo todo y me llevaba hacia mi casa y el trabajo, algo de mi se quedaba entre las callejas de un pueblo, que cada vez se hacía más pequeño desde mi ventanilla. Cartas, palabras y dibujos, acortaban nuestra distancia geográfica con tan sólo un sello de correos. Tras el teléfono, rubor y sensaciones contenidas que la electricidad transmitía a garrampazos en el corazón. Jamás he deseado tanto la llegada de un fin de semana, si lo que significaba era volverla a ver, los autobuses de Zaragoza a Gasteiz, recortaban los metros para el reencuentro con una mirada y unos labios que me devolvían a la vida.

Pronto llegó mi primer coche, y con él, los arrebatos locos de quererte ver, caminos de ida y de vuelta con la gasolina de tus besos. Entre noches con amigos, olor a fiesta y el ruido melodioso de las canciones que nos acompañaban, llegó el momento en que la distancia más lejana entre nosotros fueron unos metros, compartimos el mismo aire y los mismos sueños, y los fines de semana se convirtieron en semanas enteras, y aunque todo, por suerte, nunca es perfecto, cada vez que las campanas marcaban el paso de un año, se me hacía cada vez más cercana su presencia.

Las risas de las mañanas, las sonrisas de medio día, las alegrías de la tarde y los sueños de la noche, nos han acompañado desde entonces, mezclados con las peleas por estar cada día, más cerca el uno del otro, para conseguir nuestra mayor libertad. Así llegó June, la mezcla de los dos, nació con su mirada y con mi sonrisa, una mirada que tiene el reflejo de las estrellas de aquel verano, y una sonrisa con el eco de tus risas mientras hablábamos aquella noche de hace 23 años. Más de media vida contigo y peleo por que sea la vida entera.

Te quiero.

miércoles, 25 de julio de 2012

Timbre 018



Timbre 018: Madera ring ring: En una puerta sobre un marco todo trabajado a cincel, se pueden ver estos tres timbres que afloran sobre sus embellecedores de madera como si nacieran desde ellos. Todo se entiende cuando uno ve que la lonja es de un artesano de cerámica, aunque ciertamente su timbre es el menos artesano de los tres. Así quedan en el conjunto los tres timbres en una de las puertas más ecológicas que te puedes encontrar y es que estas maderas te suenan.
Casco viejo de Vitoria-Gasteiz.
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