jueves, 19 de enero de 2012

Epílogo navideño: tópicos insalvables



Ya concluidas todas las festividades navideñas, superadas las resacas y empachos, no puedo por menos que realizar un recopilatorio de mis tópicos navideños preferidos, a tenor de dejarme alguno que no haya vivido este año, pero creo que está representado un buen elenco de trivialidades navideñas.


01/ El belén viviente en el taquillón
El taquillón es ese mueble de casa de mis suegros, que durante todo el año sirve para dejar las llaves sobre un paño de ganchillo, perfectamente blanco y almidonado, coronado por un jarrón de imitación chino y varias figuras de indescriptible origen. En navidad desaparecen y sobre el taquillón se coloca un papel de aluminio y se crea un belén con cariño y esmero, lleno de espíritu navideño para los habitantes de la casa. La cueva con su Virgen, su San José, el niño Jesús, la vaquita, el asno, las casas diminutas simulando perspectivas imposibles, los reyes magos, pastores, ovejas, piñas y musgo artificial, perfectamente ordenado y perfectamente colocado.


Mi pasión secreta es que cada vez que paso por enfrente del taquillón lo convierto en un belén viviente, que paso una vez, disimuladamente coloco a la Virgen en el río, que paso de vuelta, los reyes magos pasan a la cueva cambiando su ubicación, que me toca volver, el asno pasa a ocupar el hueco del niño Jesús, que incomprensiblemente aparece como Willow en medio del río, que vuelvo otra vez, coloco a una oveja trepando a la cueva, y así me paso un buen rato, haciéndolo con disimulo, hasta que alguien paso por al lado del taquillón y se oye un grito, seguido de algún juramento que tiene por apellido mi nombre. Con cariño y esmero vuelve a colocar todas las figuras en su sitio, mientras en voz baja y queda repasa todo mi árbol genalógico y lo ubica en el cuarto de baño.


Pero incomprensiblemente cada vez que vuelvo a pasar un deseo irrefrenable me obliga a mover las piezas de nuevo como si fueran fichas del ajedrez y a realizar un jaque mate con los reyes magos a la mínima que se descuidan.


02/ Las luces navideñas exteriores, pistas de aterrizaje para ovnis
Por fin se hace de noche, en esas noches navideñas, donde el frío lo hiela todo y el cielo se vuelve más negro que nunca, cargado de una brumilla que hace de las luces tonos más difuminados, pero horror, allí a lo lejos sobre un balcón y unas ventanas, unas luces brillan radiantes de plenos colores e intermitentes brillos, como si surgieran un efecto hipnótico me cautivan y me sorprenden a partes iguales, una pregunta se crea en mi cabeza, ¿quién habrá sido capaz de convertir sus ventanas y balcones en pistas de aterrizaje para alienígenas y otros seres del espacio? ¿se ha cambiado el poner un pobre en la mesa de navidad, por poner a un viajero de las estrellas? ¿aterrizará en medio de la nochevieja una nave en el salón de casa?


El quién lo descubro con prontitud, es mi cuñado, que con tesón y esmero guarda y custodia una elegante colección de luces navideñas con sistemas de conexión eléctrica de los que dan miedo, con cinta aislante, ladrones y alargaderas sujetas de mala manera, que expone en estas fechas tan señaladas. La crisis ha acabado con muchas de ellas este año, por suerte no se ven tantas como otros años, pero si un día pasáis y veis una bien luminosa, recordar que yo estoy pasando las navidades dentro, apiadaros de mi.


03/ El árbol de navidad y los regalos de pega
En un hogar que se denomine navideño no puede faltar un buen árbol navideño, de pega eso sí, acartonado de año en año, pero cumpliendo con precisión suiza la función para la que se le llama todos los años, algunos aguantan tanto que tienen más solera que muchos vinos de cualquier bodega y deben ser sujetados por pequeños hilillos que evitan su precipitación espontánea al vacío. Sobre el árbol espumillones y bolas doradas y plateadas, sobre ellas felicitaciones de sobrinos que diligentemente colocan los abuelos con cariño y esmero. A los pies lo más importante, regalos de pega que se repiten de año en año, al menos este año me sirvieron para ocultar los cedes de villancicos navideños que mi cuñado tan celosamente graba y con los que nos tortura en estas fechas, aunque este año con mi ladrocinio creí cantar victoria, por desgracia guardaba uno oculto que no pude detectar y con el que martilleó mis oídos todo lo que pudo.


04/ La mesa de navidad y las sillas una de cada padre y otra de cada madre
El salón por estas fechas se descompone, se extiende al máximo la mesa del salón para dar cobertura a toda la familia de la forma más cómoda posible, se extiende el mantel navideño con sus toques rojos y verdes y se colocan el plato hondo sobre el llano y se cuadran los cubiertos con precisión militar, servilletas, panecillos y dos velas preparan el escenario, todo bien bonito y perfecto, bueno, perfecto, perfecto a medias, ya que entre tanta perfección surgen sillas clásicas junto a sillas del salón que a su vez están junto a sillas de la cocina, todas conviviendo por función y descolocadas por estilo, es lo que tiene querer dar sitio a tanta gente en estas fechas.


No pueden faltar tampoco los detallitos, este año, un collar largo y rojo brillante, rodeaba vasos y cubiertos como si fuera una culebra, por supuesto, nada más empezar la cena comenzó su andadura en el plato de mi suegro sugiriéndole que eran unos spaguetti largos especiales y no quiero pensar donde acabaría al final de la noche, hay cosas que es mejor no recordar.


05/ Confirmado, todavía hay alguien que bebe sidra El Gaitero en navidad
Hay cosas que uno creía erradicadas de la sociedad moderna, pero la mayoría de las veces uno se equivoca, mi cuñado, hombre de gran espíritu navideño, mejor corazón y el culpable de la banda sonora de villancicos de este post, es uno de los pocos, junto con miles de abuelos en sus casas de pueblo que compra una botella de sidra El Gaitero para degustar los manjares de la mesa.


Cierto es, que lo mejor de todo es que no tiene que compartir la bebida con nadie, mientras los demás nos peleamos por una copita más de cava si puede ser, él disfruta con su sidra como un campeón. Mientras las demás comen sin parar los entrantes infinitos que rodean la mesa frente a esa librería de padre y muy señor mío.


06/ Las uvas, no podían ser más gordas
Ya avanzada la cena, entre discusiones por ver en que cadena se deja la tele, que luego nadie ve, jartos de comida y miles de entrantes, saciados de bebida que o está caliente o está helada y hay que esperar a que se descongele, pero se acerca la hora mágica en que el año acaba y hay que preparar las uvas, de un año a otro te olvidas, pero cuando ves llegar en tu plato el delicioso fruto, el cuerpo de uno se descompone, piensa que es una venganza, mira y vuelve a mirar las uvas y sólo puedo pensar si no las podían haber escogido más gordas. Sin tiempo de reacción el reloj de la puerta del Sol en Madrid aparece en pantalla y a las campanadas prosigue la ingesta de las uvas-melón al compás, por suerte este año las acompañé con tañidos de mi mano en la espalda de mi suegro que le ayudaron a evitar una muerte segura por oclusión del esófago, le salve la vida, pero por desgracia él no lo entendió así.


07/ Las serpentinas voladoras
Sin saber cómo ni de donde al segundo uno de la entrada de año, mientras la Pantoja mantiene su sonrisa de dentífrico, la botella de sidra El Gaitero permanece medio llena, miles de serpentinas surgen de la nada manejados por las manos de los sobrinos y de adultos que enseguida al fragor de la batalla unen fuerzas y poco tino para lanzarlos al viento y que caigan en su propio plato. Uno que es un poco maligno lanzó uno a la lámpara, acto de rebeldía que fue seguido por mis infantes convirtiendo a nuestra luminaria en el objeto de sus ataques.


Mi suegro y cuñado rápidamente nos alertaron del peligro que corríamos de incendiar nuestras cabelleras si se prendían fuego las serpentinas y ante tanto sentido común los ataques pasaron de aviación a tierra, convirtiendo la mesa en pista de aterrizaje de tiras moradas, verdes y amarillas, sin distinguir muy bien si debajo había comida o simplemente restos. Por suerte ya se ha aprendido de otros años y los confettis han sido eliminados del kit navideño para evitar el sufrimiento de su limpieza durante el mes siguiente a la cena.


08/ Las bandejas de dulces eternas
Si nos parecía que habíamos comido poco llega el momento de los dulces, se empiezan a sacar platos y platos repletos de glucosa y frutos secos, que nuestra cabeza y estómago repudian, mientras nuestra lengua va por libre y saliva, moviéndose de izquierda a derecha por nuestra boca, la gula puede y poco a poco se van dando cuenta de algunos de ellos, aunque el misterio más oculto es cómo al día siguiente y en semejante momento, vuelven a aparecer los mismos platos, con la misma cantidad y los mismos trozos de turrón, es como si nadie hubiera comido nada el día anterior, es un misterio sin resolver.


Junto a los dulces y el turrón, un café reponedor, avivador y que siempre se solicita corto y tu suegra te sirve hasta arriba, mientras alguien pregunta constantemente que si quieres leche, a lo que hay que contestar como siempre, que nunca tomas leche, que el café siempre lo tomas sólo, pero hay cosas que por más años que pasen siempre serán igual. Sobre la mesa el móvil siempre pendiente a contestar los mensajitos navideños, sms originales o no, pero que vienen cargados de píos deseos para comenzar el año.


09/ Los polvorones de Pamplona
Un clásico entre los clásicos, un sobrino que no come polvorones, los devora, y ante tal fiereza por un dulce tan tradicional uno no puede evitar lanzarle una apuesta, más tradicional si cabe que los polvorones, —"¿a qué no eres capaz de comerte un polvorón entero y decir Pamplona?"—, craso error empezar una pregunta con "a qué no eres capaz", falta tiempo para que sus pequeñas manos desnuden al polvorón de su envoltorio y lo introduzca en la boca intentando decir la capital de Navarra.


El intento es loable, el resultado espantoso, restos de polvorón se lanzan sobre la mesa sin dar tiempo a mencionar la segunda "p" de la capital de provincia, la risa se apodera del valiente mientras todos los que estamos a su frente nos cubrimos con manos y servilletas para no ser impactados por los misiles en forma de trozos de polvorón. Su padre al fondo, tranquilo y ajeno a este tipo de malicias descorcha la botella de cava en ese momento en el que ya empieza el proceso multimarca, pues no hay dos botellas de la misma y todas obedecen a cestas y reliquias de armario.


10/ Las luces en las calles, y las calles no lucen
Al día siguiente los cielos están igual de radiantes de azules y nubes, si miras al cielo todavía aguantan los adornos navideños, resacosos del trabajo nocturno, de un no parar de lucir con vívidos colores e intermitencias incansables, acusándolas de forzar el consumo navideño en las zonas comerciales, y de día nadie se acuerda de ellas, se ven sus trucos y los cables de los que cuelgan, se ven solas sobre el cielo, por desgracia la magia comienza a desaparecer.


11/ Los Papá Noeles colgados
Les pedimos constantemente que nos traigan regalos y que llenen de suerte a décimos de lotería y máquinas de videojuegos, por pedir que no quede, pero luego llegamos nosotros y los colgamos de ventanas y balcones a los que trepan con sus cuerpos orondos y su lógica dificultad, para luego no abrir la ventana ni para ventilar, pobrecitos hombres de rojo, asaltadores de ventanas ante la ausencia de chimeneas, parecen espartanos en el frío invierno en pleno entrenamiento, para luego llegar el buen tiempo y descansar guardados en una caja cuando llega el calor dentro de casa, eso sí que es un martiririo y no el de muchos santos, beatificación a Papá Noël ¡ya!


12/ Los restos de la batalla
El día de año nuevo, pasees por donde pasees te tropiezas con los restos de la nochevieja, confettí, matasuegras y serpentinas en el mejor de los casos rellenan aceras y calzadas, en el peor de los casos papel higiénico emulando serpentinas gigantes y personajes que deambulan de lado a lado o en cafeterías tempraneras aguantando como se puede el tirón con sus americanas descolocadas y las corbatas mal aflojadas de sus trajes de cotillón. Un montón de fantasmas recorren las calles el día de año nuevo cual ánimas que no quieren volver a sus fosas aunque sus cuerpos se encuentren embalsamados en alcohol y con más ganas de caer que de estar de pie.


13/ Los que limpian los restos de la batalla
Para otros sin embargo el primer día comienza con más trabajo que nunca, eliminar de las calles los odiosos confettis, que expulsarían de la ciudad por bando municipal, las serpentinas, las vomitinas y otras cosas que acaban en inas. La ciudad busca recobrar el sentido del día a día, en unas fiestas navideñas que se convierten en un bostezo permanente cargado de jornadas gastronómicas con música de villancicos.

2 comentarios:

  1. ¡¡¡¡Muy bueno!!!! Me he reido mucho porque veo que mi familia es típica, típica en tópicos navideños. ¡¡Qué se le va a hacer, se les quiere igual!! Pero entre lo que ellos hacen y las trastadas que tú les haces, pasamos unas navidades muy divertidas.

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